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El Bledo

1.- Planta de la familia de las quenopodiáceas, de tallos rastreros, de unos tres decímetros de largo, hojas triangulares de color verde oscuro y flores rojas, muy pequeñas y en racimos auxiliares. 2.- Cosa insignificante, de poco o ningún valor

El último libro que he leído

29-06-2006
El último libro que he leído se llama "La encrucijada Donatello" (va en serio), de la editorial Debolsillo. El autor es un tal Vince Aldridge, y es uno de esos best seller salidos al calor de "El código Da Vinci".

Cayó por casa gracias a esos viajes en autobús que uno ha de realizar de cuando en vez, varias horas de soledad compartida con la proxémica proximidad de un vecino de asiento desconodido. En uno de esos viajes, acunado por la música que sale del reproductor de emepetrés, adquirí por la increíble cantidad de cuatro coma noventa y cinco eurazos un tocho de unas cuatrocientas páginas, en un papel que haría sollozar al cachorro de Scotex, en una edición harto cochambrosa pero manejable, este fenomenal ejemplo de alta literatura. Me lo leí de cabo a rabo durante el viaje de tres horas, lo que puede dar ejemplo de lo denso de su desarrollo, y abrumado por la calidad e inteligencia de su trama, estoy convencido de que es el libro de mi vida.

Todo empieza con Donatello saliendo de la consulta de Nostradamus en Florencia. El adivino, al parecer, le acaba de contar que en el futuro su nombre sería asociado más a una tortuga ninja que a un artista del Renacimiento, por lo que el pobre Donatello, contrito, decide darse a la bebida y la bibliofilia, por ese orden y en los días alternos. En una de esas juergas recorriendo librerías de viejo, contacta con Marinazzi, el escritor maldito que desafiaba a las buenas costumbres escribiendo sobre lo que le daba la gana, y a la gramática escribiendo como le daba la gana. Su último libro, "Última los sonetos decíamos un por ergástulas", había sido un fracaso de ventas pero se cotizaba mucho en las librerías de objetos curiosos.

Allí Donatello consigue una biblia titulada "Versión Extendida", y entre sus páginas descubre varios datos curiosos. Por ejemplo, tras el discurso de la Montaña, Jesús añade una última frase que en otras versiones de la Biblia había sido expurgada. La frase no es otra que "vaya montón de tonterías que les he soltado". También se cuenta en la Biblia que en realidad Jesús era un mago escapista profesional al que le falló su último truco, que tenía posters de Houdini en su habitación y que realidad no caminó sobre las aguas del lago aquel, sino de un charquito que había al lado y se puso las sandalias perdiditas de barro. Además, las última frase de Jesús en la cruz no fue "todo se ha consumado", sino "jopelines", y que no sólo fue un auténtico cabronazo con Judas, a quien le hacía bromas continuamente, sino que encima se dejó la cuenta de la última cena sin pagar y le dijo al dueño que les invitaba el pobre Iscariote, que tuvo que hipotecar su cabañita pero Jesús le dijo que no le diera tanta imporancia, que sabía de buena tienta que al día siguiente cobraba.

Aunque la frase que más impactó a Donatello fue la pronuncia Jesús ante el Sanedrín, cuando le preguntan "¿eres tú el Hijo de Dios?". Aunque Donatello estaba seguro de que contestaba "tú lo has dicho", en la Biblia Con Contenido Extra aparecía la frase "y yo qué sé, yo solo quiero vivir sin trabajar, que la carpintería es tela de dura y se te clavan astillas en los dedos".

Con esta revelación, Donatello abandona su oficio de constructor de cunas para incunables y se dedica a entresacar la verdadera sabiduría de la Biblia Reloaded. Escribe un manuscrito en clave, cambiando la primera letra de la segunda palabra por la tercera sílaba de la primera palabra, y así sucesivamente hasta que por cosas del azar, termina escribiendo de manera perfectamente correcta, aunque con cierta tendencia al leísmo.

"Jesucristo: ¿fue en realidad tres coristas de Betania?" es el opúsculo llamado a desestabilizar los cimientos del Vaticano, aunque entonces no se llamaba así sino "La Casa del Papa". Según Donatello, en realidad Jesucristo no era hijo de Dios y de una Virgen, sino de un honrado vendedor de caballos usados y de una lata de sardinas en escabeche, y su filosofía se podía resumir no en un "Ama a tu prójimo como a ti mismo", sino en un "Oye, las cosas se rompen, ¿no?". Además, niega la existencia de una Iglesia, de unos Mandamientos, de unos Sacramentos y hasta de un Dios en sí mismo, aunque no dice nada de si en la otra vida iremos al cielo o al infierno o, aún más importante, si somos materia, energía o simplemente unos jodidos bastardos. Ítem más, Donatello descubre a medida que investiga que el evangelio de San Lucas está cifrado, y que en tomadas las letras por cifras, las cifras por letras, las palabras por almohadas y las frases por animales pequeños y peludos, se descubre que no solo la Biblia predice el futuro de la cristiandad, sino que también predice los resultados de la Liga de Fútbol Profesional del Paraguay.

En ese punto Donatello deja de investigar, porque al día siguiente le toca día de bebida y se emborracha de tal manera que esconde el manuscrito, pero olvida apuntar dónde y éste se pierde durante siglos, hasta que un investigador americano busca por pura casualidad en el Museo del Prado y descubre que el manuscrito y la Biblia Ahora con Más Contenido servían para calzar la mesa del vigilante nocturno.

Pero naturalmente, la Iglesia no puede permitir que se conozca la verdad, y envía a la Monja Asesina Con Aire Entrañable para que asesine al protagonista mediante una indigestión de yemas de santa teresa y huesos de santo, pero el investigador, Jack Morrison, elude los ataques aduciendo que es vegetariano, y envía el manuscrito a su socio en Italia, Giancarlo Marinazzi, descendiente del escritor maldito. Éste muere en circunstancias sospechosas tras haber caído, fruto de su mala suerte, repetidas veces sobre un cuchillo de cocina. Pero tras una serie de aventuras que no voy a desvelar, Morrison recupera el manuscrito, trata de publicarlo, se lo rechazan en todas las editoriales y finalmente se termina casando con su prometida, una corista de Betania venida a menos, y descubre que la felicidad está en un buen par de calcetines secos tras un día de tormenta.

La Biblia Con Final Alternativo termina en los sótanos del Vaticano, a buen recaudo, así que nunca se sabrá que termina tras el Apocalipsis con Dios dando un corte de mangas a la humanidad entera y diciendo "que os den a todos, hijos de mala madre".

No vuelvo a beber en la vida

23-06-2006
Cuando era niño, los domingos eran uno de mis días horribles de la semana. Casi peor que el lunes.

¿Que por qué? ¿Nunca habeis sido niños?

Empecemos.

El domingo era el día de la misa. Tocaba vestirse con ropa que picaba o que apretaba o que todo a la vez, calzarse zapatitos brillantes de esos que si te los viesen los amigos te convertían en carne de colleja, e ir a escichar a un señor muy viejo en vestido blanco hablar sobre cosas que a la gente le parecerán muy solemnes, muy importantes y muy trascendentes pero que con ocho años te importan un pimiento.

El domingo era también el día de la paella. Odio la paella. La abomino. La aborrezco. No puedo soportar el olor del arroz recocido, pastoso, lleno de pelos de gamba y cabezas de langostino, guisantes y trozos indefinibles de pescado que mi madre consideraba digna de inaugurar unas fallas. Lo siento, mamá, pero no te salen bien las paellas. Es hora que te lo diga alguien.

El domingo era, por si fuera poco, el día del baño. Sí, sí, no me mireis así. Si con ocho años te gustaba bañarte, eras un poco rarito. Ahora tengo unos saludables (y diarios) rituales de abluciones, pero reconozcámoslo, cuando eres niño, el estado natural es "limpio sólo las partes que se ven". Te entraba jabón a los ojos. Te tocaba secarte con una toalla rasposa. Una vez bañado, se acabó el salir a jugar, te colocaban el pijama, veías un ratito la tele, cenar y hale, a la camita.

El domingo implicaba, también, que al día siguiente te tocaba madrugar. Volver al cole. Era un día de fiesta, pero no mucho. Un "sí es, no es" de vacaciones que te dejaba el regustillo amargo en la boca de los caramelos para la tos de esos de eucalipto, que sabían dulces al principio pero que luego picaban como condenados.

Los domingos eran horribles, algo que descubrí desde mi más tierna infancia. Y cuando creía que estaba superando mi fobia a los domingos, a los quince años, entonces, sin solución de continuidad, llegó la puntilla.

La resaca.

Ya no tenía que ir a misa, es cierto. Mis padres me dejaron por imposible y decidieron que bueno, un alma descarriada bien puede salvarse si se arrepiente. Todavía quedaban las paellas. Ya no había baño semanal, sino ducha más o menos diaria. Y aunque tenías que volver al instituto el lunes, la posibilidad de pirarte algunas clasecillas convertían al domingo en un día de esos trasnochables, si se daba el caso.

Pero llegó la resaca.

¿Hay algo peor que abrir los ojos un domingo y sentir que tienes los párpados llenos de arena, la garganta enmoquetada, la cabeza convertida en un timbal y el estómago centrifugando la ropa blanca? ¿Hay algo peor que sentirse como si te hubieran dado una paliza, con naúseas y mareos y vértigos y jaquecas asesinas?

Claro que sí.

Tener que fingir que estás perfectamente y comerte una paella con la que se hubiera podido perfectamente volver a unir los fragmentos del Muro de Berlín.

Siento rabia

12-05-2006
Siento rabia.

Siento rabia.


Por Vermilion | # enlace | Comentarios (2) | Referencias (0) | En: El Otro

Doctor, doctor...

26-04-2006
- Buenos días, doctor.

- Buenos días.

- ...

- ¿Sí? ¿En qué puedo ayudarle?

- Verá... es que... me da un poco de vergüenza comentarle mi problema.

- No se preocupe, caballero. Todos estos títulos, estos diplomas, le protegen. Mi férreo código deontológico impide que cualquier cosa que diga entre estas cuatro paredes prefabricadas salga de ellas. Todo quedará, como se suele decir, entre usted y yo.

- Buenos días, doctor.

- Buenos días.

- ...

- ¿Sí? ¿En qué puedo ayudarle?

- Verá... es que... me da un poco de vergüenza comentarle mi problema.

- No se preocupe, caballero. Todos estos títulos, estos diplomas, le protegen. Mi férreo código deontológico impide que cualquier cosa que diga entre estas cuatro paredes prefabricadas salga de ellas. Todo quedará, como se suele decir, entre usted y yo.

- Oh. Fantástico.

- ¿Y bien? ¿Qué mal le aqueja, caballero?

- Pues verá, doctor. Hace tres meses me extirparon un quiste, un pólipo o algo así le llaman, en el intestino.

- Hmm... sí. Aquí lo veo, en su historial. Sí, un tumor benigno. La operación fue un éxito. ¿Qué le ocurre?

- Pues que quiero que me lo vuelvan a implantar.

- ¿Cómo?

- Pues eso. Que quiero que me lo vuelvan a implantar. Que desde que me quitaron el quiste, mi vida es un sin vivir.

- Pero... eso es una auténtica locura.

- Que no. Mire, yo ya no puedo vivir con esta angustia.

- ¿Angustia? Pero... ¿por qué?

- Pues para empezar, la compañía que me hacía, mire usted.

- ¿Compañía? ¿Un quiste?

- Sí señor, una compañía tremenda. Yo soy soltero, ¿sabe usted?, y cuando tenía hambre y estaba viendo la televisión, las tripas me hacían un ruidito y me daban así como unos calambracitos más gustosos... era como tener un perrito o algo así, que me recordaba pues las horas de ir a hacer de cuerpo, las horas de las comidas... más majo.

- Temo que esto me supera.

- ¡Que le estoy hablando en serio! Cuando me comía una fabada, ¡se me ponía el quiste más contento...! DSaba saltitos y regüelditos y le notaba yo juguetón. Ahora me aprieto dos platos de fabada con morcilla y media botella de sidra, y es como si me comiera huevos duros, doctor.

- Los huevos duros son muy buenos. Y si alguno sale malo, pues nada, unos azotes y verá como embuenece en un pis pas.

- No es ese el tema y no trate de aturullarme con tecnicismos y jerga médica. El caso es que no tengo yo alegría ni tengo nada, que estoy mustio y mohíno. Y además, por si ya fuera poco, está el tema de la conversación.

- ¿Hablaba usted con él?

- ¿Pero cree que estoy loco? No, digo la conversación con los demás. Que si qué tal de lo tuyo, Juan Luis. Que si me enterado que estás mal. Que si te van a operar. Y así, dale que dale, me entretenía yo subiendo el ascensor. ¿Pero ahora? Ahora tengo que hablar de que si el tiempo está bien, que si viene a llover, que si refresca. Vaya muermo. Y todo por su maldita operación. Está decidido. Quiero que me devuelvan mi pólipo.

- Verá... yo, por mí, le implanto el pólipo y aquí no ha pasado nada, pero es que su quiste me temo que no está aquí. Lo hemos tirado.

- ¿Cómo?

- Sí, lo hemos arrojado al contenedor de deshechos orgánicos. Comprenda que algo así no lo podemos guardar indefinidamente. Esto sería un caos administrativo. Esto no es un almacén de pólipos, hágase cargo. El ruido, el alimentarlos, cuidarlos, bañarlos, arroparles por la noches... ¡el presupuesto, amigo mío, el presupuesto!

- Jopé. De todos modos, ¿la operación no estaba en garantía?

- ¡Uh! Me temo que nuestra garantía sólo cubre las dos primeras semanas. Luego, si algo sale mal, pues tiene usted que abrirse usted mismo o pagar otra vez. Es un fastidio, pero es que si no, la gente se operaría por capricho para una boda o un entierro, y luego nos viene a que deshagamos lo hecho, hala, aprovechándose de la gratuidad. País de pícaros...

- Diga usted que sí. O sea que mi pólipo, a tomar por saco.

- ¿Con esas palabras? Sí.

- Pues sí que es un fastidio. Yo venía ilusionado del todo. ¿Es por el dinero? Porque yo tengo dinero... uh... a espuertas. No sé que hacer con él.

- Hombre... me ofende usted. En este país, nadie recibe mejor atención sanitaria, por mucho dinero que tenga, salvo que tenga muchísimo. Si es muchísimo, ya se hablaría. ¿Pero por mucho solamente? No, por mucho no. Por muchísimo. ¿Tiene usted muchísimo? Ya veo que no, con esa ropa que me lleva.

- Entiendo. Pero de todas formas, ¡exijo una satisfacción!

- ¿Cómo dice?

- ¡Que les voy a demandar!

- ¿Pero por qué?

- Por cortarme un pólipo y arrojarlo al guano como si fuera un deshecho.

- Bueno, es que era un deshecho, si hablamos con propiedad.

- Para usted que no lo conocía. Pero yo había tratado con él durante años y era más majo que un San Luis.

- Me deja usted sin palabras.

- ¡Lógico! Me han arrebatado algo muy importante para mí. Me siento como huérfano, como viudo, como un jardín sin sus flores, un Rómulo sin su Remo, un David sin su Goliath, un jamón sin su tocino.

- Ya, ya... me hago cargo.

- Ya puede hacerse. ¿Qué solución me da para mi problema?

- Pues no lo sé. ¿Por qué me cuenta a mí todo esto?

- ¿Cómo que por qué? Porque es usted mi médico.

- ¿Cómo que médico? ¿Por qué dice eso?

- No sé... la bata blanca y eso.

- No no no. Usted se confunde. Yo llevo bata blanca, pero no soy médico. Yo soy churrero.

- ¡Anda que confusión más tonta!

- ¿Verdad?

- Ya me puede usted perdonar.

- Nada, no es nada. ¿Unos churritos?

- No, no... es que estoy convaleciente de una operación de estómago y no me conviene.

- Ah, claro.

- Oiga, ¿usted no tendrá un pólipo así de sobra, no?

- No. Yo churros y porras y si acaso, unas patatas fritas.

- Huy, que va. En fin, doctor, que le dejo. Muchas gracias por todo.

- De nada, hombre. Por favor, enfermera. El siguiente.

- Hola, buenos días.

- Buenos días...

- ¿Una docena de churros, por favor?

- Cómo no, aquí tiene. ¿Se los envuelvo para regalo?

Lagunas (II)

23-04-2006
Todos tenemos de qué avergonzarnos. Yo, sin ir más lejos, me avergüenzo de no saber hacer una raíz cuadrada ni para salvar mi vida, de no ser capaz de dibujar con un mínimo de coherencia, de haberla chafado pero bien con una novia que tuve por ser un veleta, y sobre todo, me avergüenzo de tener tanta vergüenza.

Todos tenemos de qué avergonzarnos. Yo, sin ir más lejos, me avergüenzo de no saber hacer una raíz cuadrada ni para salvar mi vida, de no ser capaz de dibujar con un mínimo de coherencia, de haberla chafado pero bien con una novia que tuve por ser un veleta, y sobre todo, me avergüenzo de tener tanta vergüenza.

Laura es mi prima "la pequeña". Todo el mundo tiene primos "los pequeños". Es la hija menor del hermano menor de mi padre, y es la benjamina de ese grupo de primos que nos solemos reunir para bodas, bautizos, comuniones, navidades y todas esas cosas que la gente redicha denomina "fiestas de guardar". Ahora tiene veintidós años y estudia Imagen y Sonido en la Complutense. La última vez que estuviste en su casa, Vermillion, te acostaste con ella.

¡Ja! ¿Te lo has creído? ¡Qué más quisieras! ¡Rijoso! ¡Lúbrico! ¿Cómo has podido pensar...? Virgen Santa. ¿Con nuestra propia prima?

Laura nos invitó a cenar hacer tres fines de semana. Bego estaba algo cansada, pero accedimos, ¿recuerdas? Bueno, pues la cena fue de puta madre hasta que Laura y Bego se pusieron a discutir. ¿La razón? Joder, y yo qué sé. De repente yo estaba comiendo tiramisú en pleno Stalingrado, amigo mío. Al parecer Bego (que ya sabes que sus padres son de un pueblo de Vicaya y cómo se pone con algunas cosas) y Laura (de quien ya conoces sus ideas políticas y no seré yo quien la censure a estas alturas, pero comprende que siendo hija de quien tú y yo sabemos pues bastante tiene) tuvieron un encontronazo cuando el novio de Laura que ahora mismo no recuerdo bien su nombre si es David o Jairo sacó el tema de la tregua de los vascos.

Mira, ni siquiera yo lo tengo claro del todo. El caso es que de la tregua se pasó al nacionalismo, de ahí al clasismo, de ahí al egoísmo, de ahí al "contigo es que no se puede razonar" y de ese momento hasta el inevitable "no sé cómo mi primo te aguanta" medió un pequeño paso para las dos mujeres, pero un gran paso para mi cordura.

Cuando dos personas a quienes quiero mucho discuten lo paso fatal. No sé dónde meterme. Me pongo como un tomate, y habitualmente me pongo a concentrarme mucho en aquello que esté haciendo (en este caso, comer tiramisú, azucarar el café y bebérmelo a sorbitos) intentando fingir que todo va bien y que ni siquiera estoy prestando atención a lo que ocurre. Bueno, pues en la media hora que siguió a posar la taza, vacía ya, sobre el platito, y mirar con interés casi filatélico el papel pintado del comedor de la casa de mi prima, aquello fue como el desembarco de Normandía, las batallas de Braveheart y un combate de lucha femenina en el barro, todo a la vez. Se dijeron cosas que ofendieron incluso a mis oídos, curtidos en las barbaridades del Waje. Y terminó, querido Vermillion, cuando Bego decidió que "ni muerta quiero volver a ver a tu prima", aunque no sé si entrecomillar la frase es ajustado al espíritu de cita, porque las palabras fueron pronunciadas entre lágrimas de rabia (ya conocemos a Bego, ¿verdad?) y unos cuantos calificativos que, hey, no aprendió en nuestra casa.

Ya sabes que cuando una mujer, novia, compañera, pareja o como quieras llamarlo dice que no quiere volver a ver a alguien (obsérvese la primera persona del singular) significa, verbigratia, que no quiere que ninguno de los dos veamos a esa persona (primera persona del plural) ni tampoco que esa persona nos vea a nosotros (tercera persona del singular), ni que esa persona y tú os veais (segunda persona del plural). Ha sido todo un veto gramatical, querido Vermillion. Olvídate de Laura en una temporada, aunque yo la llamé al móvil ayer y he hablado con ella. Echa sapos y culebras por la boca, amigo.

¡Ja! Los calcetines de la suerte. Dios, Vermillion, están en el mismo cajón donde guardamos mi camiseta de los Ramones y mi colección de posavasos de cerveza. Ese cajón de madera que fue depositado con delicadeza en el contenedor hace por lo menos seis meses. Iluuuuso.

Recuerdo mi (nuestra) primera vez con ingenua nostalgia. Los detalles se me han escapado, porque no sé si fueron tres o fueron cuatro las veces que logramos percutir antes de liberar a nuestras tropas a una ignominiosa muerte por látex. Se llamaba Mónica, Vermillion, no seas cabrón. Precisamente hace año o año y medio estuvo en la consulta de Bego, y te la imaginaste durante un eréctil momento con la boca abierta de par en par por ese cacharro que usan los dentistas.

Sí, los chismes son rigurosamente ciertos. La quinta vez que el capullo del tercero me despertó a las siete y media del domingo con unas extrañas y (dada la duración y volumen del sonido) faraónicas obras en su piso, la noche del viernes siguiente puse los altavoces de la cadena pegados al techo y puse a Alien Ant Farm a todo trapo. Creo que eran las once y media. Puse el "Repeat", y creo que el disco sonó como tres o cuatro veces. El domingo pude dormir hasta las doce y media.

Del resto, pues creo que lo contaré en otras entregas. El pin del móvil es, como muy bien sabes, la fecha de nacimiento de Bego. El mes y el día, burro, en ese orden. Primero el mes, luego el día, con un hermoso cero delante.

El puck está en la mesilla, con la caja del móvil. De nada, de nada.