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El Bledo

1.- Planta de la familia de las quenopodiáceas, de tallos rastreros, de unos tres decímetros de largo, hojas triangulares de color verde oscuro y flores rojas, muy pequeñas y en racimos auxiliares. 2.- Cosa insignificante, de poco o ningún valor

Criquectomía

3, 28 de 2005-11-28 de 2005
Yo tuve una melena cuando era joven. Pasé cinco años de mi juventud no yendo a la peluquería. Llegué a tenerla tan larga que las puntas de las greñas me hacían cosquillas en el culo. Luego, un día, maduré de repente y me la corté. La cara de la peluquera cuando le dije “córtamela” fue una imitación perfecta de la cara de Hannibal Lecter. Ahora sólo me quedan los recuerdos, un par de fotos y una coleta disecada guardada en un cajón.

Yo tuve una melena cuando era joven. Pasé cinco años de mi juventud no yendo a la peluquería. Llegué a tenerla tan larga que las puntas de las greñas me hacían cosquillas en el culo. Luego, un día, maduré de repente y me la corté. La cara de la peluquera cuando le dije “córtamela” fue una imitación perfecta de la cara de Hannibal Lecter. Ahora sólo me quedan los recuerdos, un par de fotos y una coleta disecada guardada en un cajón.

Cuando me corté la melena no pensé que aquella experiencia debería repetirse varias veces al año en el futuro. Pasarse cinco años sin cortarse el pelo es algo que crea hábito. Mejor dicho, lo destruye. Ahora, ir a la peluquería me cuesta un dolor de cabeza, varios días de mentalización, otros pocos días de preparación para tomar impulso, tres o cuatro eccemas psicosomáticos y más o menos una semana de quejas del tipo “jo, no quiero ir al cole”. Es como ir al dentista: lo retrasas, lo retrasas y lo vuelves a retrasar con tal de no enfrentarte a la realidad. Obviamente, no soy capaz de cortarme el pelo más de tres o cuatro veces al año, y sólo lo hago cuando no queda otro remedio, cuando ni la gomina extra-fuerte de la marca que usan los futbolistas del Madrid me sujeta las greñas. Una vez que consigo decidirme dedico un tiempo a recorrer la ciudad en busca de peluquerías. No estoy dispuesto a entrar en la primera que encuentre. Casi todas las peluquerías tienen un escaparate enorme, así que se ve el interior desde la calle. Se ve a la peluquera.

El criterio científico que uso para decidirme por una u otra peluquería es el tamaño de las tetas de la peluquera. Ya que voy a pasar un mal rato, al menos voy a pasarlo entretenido. El mal trago no está causado sólo por la falta de hábito. La estupidez genética de las peluqueras y el absurdo protocolo de cortarse el pelo son igual o más importantes.

Empezaré por el protocolo. Lo primero que se hace cuando entras en una peluquería es mirar de arriba abajo a los presentes y exponerte a su escrutinio. Todas (normalmente las clientas son mujeres) te miran como si supieran que llevas cuatro meses retrasando el inevitable corte de pelo. Te miran como si pensaran que eres un guarro. Siempre me perturba darme cuenta de que quien me mira sabe la verdad.

Después del examen visual vienen las revistas. Tienes que sentarte en algún lado y ojear una revista. Lo exige el protocolo. Cuando coges una, las clientas vuelven a mirarte. Quieren descubrir más de ti. Dependiendo de cuál cojas y de qué página mires te clasifican en tal o cual categoría: guarro ignorante (si coges el Qué me dices), guarro mariquita (si coges el Cosmopolitan), guarro de izquierdas (si coges el suplemento dominical de El País), guarro monárquico (si coges el Hola), simplemente guarro (si ojeas la sección de deportes de algún periódico, siempre atrasado), guarro profesional (si coges la revista que venden los sin-techo locales) o guarro que quiere disimular (si coges cualquier publicación bimestral cultureta). Una vez me llevé de casa una novela de Chuck Palahniuk para ver si conseguía desconcertarlas, pero las clientas de las peluquerías deben tener una imaginación muy viva o una cultura muy extensa (a Palahniuk no lo conoce ni Dios), porque siguieron mirándome como si me estuvieran clasificando.

Cuando te va a llegar el turno (¿por qué acabo de imaginarme a un cerdo en san Martín?) la ayudante de la peluquera, que no suele poseer el perímetro pectoral de su jefa, te dice que te sientes en una silla especial para lavarte la cabeza. Normalmente no te dice que es porque pareces un guarro, pero lo piensa. Si no lo pensara, ¿por qué querría lavarte la cabeza? En ese momento me entran ganas de tirarme un pedo, pero me contengo. No podría contra todas. En cambio, me siento sumiso en la silla e intento encajar mi cuello en la hendidura de la pileta. Supongo que, si los que tenemos el cuello de toro fuéramos más a menudo a la peluquería, diseñarían piletas en las que cupiesen cuellos de más de diez centímetros de diámetro. Además, si algún diseñador de piletas de peluquería está leyendo esto, le pediría que inventase una pileta que calentase (no sé, con una resistencia interna o algo así) la porcelana antes de que el cliente tuviese que sufrir una contractura cervical a causa de la gelidez de dicha porcelana en contacto con la piel.

Después de lavarte la cabeza, te ponen un babero gigante y te sientan en otra silla especial. Te ponen delante de un espejo. Ves el reflejo de las clientas que te miran desaprobadoramente, como si supieran que has estado a punto de tirarte un pedo. Ves el reflejo de la peluquera. Ves el reflejo de las tetas de la peluquera. Recuerdas la razón que te trajo a ese establecimiento. Disfrutas de la vista durante unos segundos, hasta que la peluquera abre la boca para, con una pregunta, dejar claro que es estúpida: “¿cómo lo quieres?”. ¿Verdad que es una pregunta estúpida? Lo quiero más corto, obviamente. ¿Qué otras opciones hay? Si lo quisiese más largo, no iría a una peluquería. Si lo quisiese igual de largo, tampoco iría. Es de cajón. Es casi una verdad universal. ¿Por qué, entonces, te hace esa pregunta? Porque es estúpida. No cabe otra explicación. En ese momento le miro las tetas y me recuerdo, una vez más, por qué estoy allí. Es una operación que repito con frecuencia mientras dura mi estancia en la peluquería.

Cuando recupero la compostura después de la conmoción que me producen la estupidez y la pectoralidad de la peluquera, respondo la pregunta. Le digo: “lo quiero más corto”. Eso suele terminar de destrozar la capacidad de raciocinio de la pobre estúpida. Es como si darse cuenta de la obviedad le produjera un cortocircuito cerebral. Se queda callada durante unos segundos, como si se le colgara el sistema operativo. Luego, reinicia y vuelve a decir estupideces. Se lanza a hacer un inventario de técnicas: corte al uno, al dos, al tres, con máquina, con navaja, decapado, desenfilado, con flequillo, con la raya a un lado, con patillas, sin patillas, con patillas de tal o cual longitud... ¿a mí qué me cuenta? ¿No es ella la especialista? ¿No tendrá que saber ella qué técnica usar para responder a la sencilla demanda de “lo quiero más corto”? Suponiendo que ese listado de conceptos fueran opciones y que yo fuera el designado para decidir cuál ha de usar, ¿por qué supone que yo, un simple ser humano sin formación en el campo de la triquectomía, he de conocer esas técnicas? Es como si vas al cardiólogo y te preguntase si prefieres que te haga el cateterismo con una cánula de Weiss o con una cánula de Brinkmann. ¡Yo qué sé!

En ese momento, intento de nuevo hacer que la peluquera entre en razón. En vez de elegir una técnica, le vuelvo a decir: “no sé, lo quiero más corto”. Si la peluquera es una buena profesional, sonríe. Si es mala, se exaspera. Sonría o tuerza el gesto, le miro las tetas. Yo, a lo mío. Después de varios intentos más, la peluquera desiste y, lógicamente, me corta el pelo como es debido: más corto. Es sorprendente que TODAS las peluqueras, cuando te cortan el pelo más corto, te lo cortan de la misma manera. El resultado es el mismo. Cada cuatro meses salgo de una peluquería distinta con el mismo corte de pelo. He descubierto que todas esas elecciones que se suponía que eran imprescindibles para que el resultado fuera el que yo quería no son necesarias. Probablemente si le hubiera dicho a la peluquera: “lo quiero cortado al uno en la parte de atrás, con flequillo, con la raya a un lado y las patillas de 1’7 centímetros” el resultado habría sido otro.

Cuando por fin termina el proceso, te cepillan la nuca. No entiendo el porqué de esa acción, así que supongo que será cosa del protocolo. Luego, te enseñan tu propia nuca con un espejo de mano. Tampoco entiendo el por qué, pero sospecho que es para que le digas a la peluquera que es la mejor peluquera del mundo. Yo nunca miro mi nuca. Sí, lo has adivinado: aprovecho para mirarle las tetas disimuladamente. Al final, pago, le miro por última vez las tetas, y me voy, siempre con la sensación de que me falta algo.

No hay nada como hacer las cosas de manera sencilla para que las cosas sean sencillas.


Por Vermilion | # enlace | Comentarios (3) | Referencias (0) | En: Teorías

Comentarios

  1. Lo de las peluqueras es un clásico, pero la cuestión es, incluso, más compleja. Yo tengo una teoría al respecto; a las peluqueras les pasa un poco lo mismo que a los celadores de los hospitales. ¿Cuándo decide una niña hacerse peluquera? ¿Cuándo decide un tipejo hacerse celador? La respuesta es única en ambos casos: nunca. Son de esas profesiones que uno no elige, más bien que le eligen a uno. Una hortera que no vale para estudiar, ni para nada más, se hace peluquera. Y un incompetente con demasiada autoestima como para descargar camiones o apilar ladrillos, se busca un enchufe, se hace celador. y así, como quién no quiere la cosa, se colocan una bata blanca… aquí está lo importante, en la bata blanca o, incluso, verde. Estas batas no son como los monos de albañil o los uniformes de portero, son como el traje negro de Spiderman: bucean en lo más profundo y negro de tus deseos y los sacan fuera.
    La peluqueras se cubren con la bata blanca, miran sus botes de cremas milagrosas, sus frascos con líquidos de colores excesivos y sus armas de Flash Gordon y ya no son simples peluqueras, podadoras de filamentos queratinosos, extirpadoras de excrecencias plúmbeas, se convierten en bioquímicas avanzados, ingenieros industriales, arquitectos de lo efímero… alquimistas al fin y al cabo, con el viejo sueño de la alquimia aún vigente: transformar los metales viles en reluciente oro (léase la metáfora como corresponde). Y, claro… la transformación arácnida de los celadores es del todo similar… pero en el orden de las ciencias médicas; incluso, siempre podrán encontrar uno que se coloca un fonendoscopio al cuello, el que el Doctor Martinez se deja habitualmente encima de la barra de la cantina, que apesta a anís y formol. Si le preguntan por “pediatría” a uno de estos, prepárense a averiguar todo sobre las terribles enfermedades de sus hijos y la improbable cura, pero nada acerca de la planta o el ala del edificio que están buscando.
    Y esto lo digo para llegar a donde quiero llegar, querido Vermilión. La diferencia entre el médico y el celador, es justo lo que explica por qué las peluqueras te preguntan siempre lo que de antemano ya saben, cómo te van a cortar el pelo, porque sabrás que esta es una ley universal: a una peluquera se le puede decir “misa” que total, va a hacer lo que le de la gana. Un médico, te mira, te pregunta de forma escueta y te prescribe un tratamiento, pero te deja completamente al margen de la ciencia… de ese mundo lleno de secretos que debe ser la medicina. El celador, que carece de ciencia, antes de mirarte o preguntarte ya te está revelando todos esos secretos mágicos, evidentemente mentirosos e impostores; él quiere que te muestres ignorante, a sus pies. La peluquera también carece de ciencia… quien alguna vez ha sujetado unas tijeras en las manos, de verdad, sabe que cortar el pelo no es más difícil que atarse bien unos cordones o quitarle con arte la nata a la leche. Pero ellas juegan a que tu no lo sabes, igual que juega el celador con su batín verde y su fonendoscopio. Te preguntan para que muestres o tu ignorancia o tu arrojo ( el arrojo de demuestra en dos frases simples: “hazme lo que quieras” y “lo de siempre”, las mismas dos frases que definen a la perfección a los usuarios de prostitutas). Tu hablas y ellas sencillamente hacen lo de siempre; también harían lo de siempre aunque dijeras lo contrario. Igual que las putas… vas sin saber que decir y ellas “hacen lo de siempre”, vas y les dices que lo que quieres es humillarlas, darles por detrás y ellas “hacen lo de siempre”, les dices que sean ellas, que hagan contigo lo que quieran y ellas, “hacen lo de siempre” y cuando les pides que te hagan lo de siempre, pues… ellas “hacen lo de siempre”. La diferencia es que las putas no te venden una ciencia oculta y maravillosa porque todo el mundo sabría de su impostura, las peluqueras sí.

  2. Vermilion dice:

    Príncipe Anfibio dijo: "Te preguntan para que muestres o tu ignorancia o tu arrojo"

    Gracias, gracias, mil gracias, Príncipe Anfibio. Ahora sé que no estoy solo en el universo.

  3. NoSé dice:

    Todo eso os pasa por no saber escoger bien el sitio.

    Verbigracia: mi madre es peluquera, pero es una peluquera cincuentona y con una década o más de paro y posterior amamamiento de casa, lo que la excluye, supongo (espero) de ser una niñata hortera.

    A los dieciocho años, bueno, los veinte, decidí que ya era hora de que otras manos que no fuesen las suyas tocaran, amasaran, pulieran y esculpieran mi pelo. Así que le dije: "me quiero cortar el pelo fuera. ¿Sabes algún sitio?" Y me dijo un sitio, ella, que es muy observadora. "Allí te lo harán bien."

    Era una peluquería especializada en hombres, ojo al dato, es decir, sin clientas de culo y tetas fofas que te miran con recelo cuando coges el Marca y lees que el Atleti ha vuelto a contratar a un jugador de tercera por algo menos de doce millones de euros. Allí nadie te mira, máxime lo hace el niño de trece años que viene a cortarse el pelo a lo militar. Los demás pasan: eres hombre, es una peluquería de hombres y las costumbres y los cánones mandan que leas el Marca o el Mundo deportivo.

    Aún así es una peluquería fashion, es decir, no es una barberia de ris-ras y ya estamos caballero. Allí te sientan, te masajean el cabello con jabón suavizante, te secan finamente y después, mientras te mesan el cabello y te secan la babilla rezumante que se te ha quedado pegada en la comisura de los labios mientras te hacían el masaje capilar, te comentan: "lo tienes larguito: te quedaría mejor así o asá", o simplemente te dicen: "te lo voy a vaciar un poquito de aquí detrás para que recobre el volumen de nuevo" (volumen: ojo al dato de nuevo, palabreja importante para la peluquería).

    Y después viene lo peor, os lo reconozco, que es cuando dices "vale, prosiga con delicadeza" y él o ella prosigue y los dos nos quedamos en un continuo silencio incómodo hasta que ha terminado de proseguir. Porque debo reconocer que soy un hombre parco en palabras en tanto en cuanto mi interlocutor sea un desconocido: nunca sé qué decir, así que simplemente comento un "ahá" cuando me comenta un "qué tiempo más feo hace" o un "sí" cuando me afirma que ahora hacía algún tiempo que no venía.

    Pero no es una peluquera hortera. De hecho son un matrimonio de peluqueros fashion con una niña repelente. Las que sí suelen ser horteras son las ayudantes de peluquería (las demás suelen ser oficiales o dueñas sin más), usease, las de menos de veinte años. Esas son para echarles de comer en aparte.

    He dicho.

    ¿No?

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