No estoy gordo, soy bajo de tórax
8, 11 de 2005-12-11 de 2005
Hay que reconocerlo. La gordura es un estado del ser. Y yo estoy gordo.
Quizá no tenga obesidad mórbida, o sea uno de esos tipos achaparrados con complexión de barril, pero cuando uno se sube a la báscula y ésta arroja a nuestro rostro un número de tres cifras, creo que es el momento de plantearse el hecho de que, al margen de que "es que soy alto" o "es que estoy fuerte", uno ha cruzado el Rubicón metafórico y llega el momento de considerarse, hey, un tipo algo rellenito.
Hay que reconocerlo. La gordura es un estado del ser. Y yo estoy gordo.
Quizá no tenga obesidad mórbida, o sea uno de esos tipos achaparrados con complexión de barril, pero cuando uno se sube a la báscula y ésta arroja a nuestro rostro un número de tres cifras, creo que es el momento de plantearse el hecho de que, al margen de que "es que soy alto" o "es que estoy fuerte", uno ha cruzado el Rubicón metafórico y llega el momento de considerarse, hey, un tipo algo rellenito.
Un gordo, vamos.
No soy un gordo feliz. Es decir, no estoy feliz porque esté gordo. A mí me encantaría estar cachas y medir un metro noventa y ser rubio y de ojos azules y acostarme con supermodelos todas las tardes. Pero tengo que conformarme con ser un tipo gordito, medir un metro ochenta y cinco, ser más renegrido que un minero asturiano, tener los ojos color del color de la antracita y acostarme con Bego todas las noches salvo las que uno de los dos tiene que trabajar. Y sin embargo, soy feliz.
No viene al caso explicarles por qué. Pero quiero desmontar un tópico. Todos los gordos quieren estar delgados, o al menos, menos gordos. Todos y cada uno. Lo mismo que usted, pese a su cuerpo escultural, desearía tener un trabajo mejor, un novio más guapo, un coche más potente, unos hijos más espabilados, una casa en la sierra o unas vacaciones de crucero por el Mediterráneo. Es todo cuestión de prioridades. Yo estoy gordo. Quiero estar más delgado. Sopeso las acciones encaminadas a provocar tal reacción (sufrir y arrastrarme como mujer pública por rastrojo en un gimnasio, comer hierbajos regurgitados y dejar de beber cerveza) y decido que no. Que no merece la pena. Y que estoy más que satisfecho con mi vida. Y que estar delgado, que es otro estado del ser, no es más que una opción a considerar, no un fin en sí mismo.
Me visto con ropas amplias, y procuro utilizar rayas verticales, porque como es sabido desde tiempos de los romanos, las rayas verticales adelgazan. Visto de color negro. Intento no comportarme como un gordo. Pero llevo tiempo dándome cuenta de que, por mucho que esconda tripa hasta ponerme cianótico, por mucho que levante el mentón para disimular mi incipiente papada, por mucho que procure llevar largas garbardinas, la gente se da cuenta de que estoy gordo.
Y le da igual.
Me aprecian igualmente. Porque quizá esté gordo, sea un neurótico, tenga problemas de autoestima y un carácter complicado, pero, como diría aquel, mis amigos conocen todos mis defectos, y a pesar de ellos, me quieren. La última definición que han hecho de mí es "rotundo". Bueno, la última definición que ha hecho de mí alguien cuyas definiciones me importan. La chica a la que pisé (sin querer) el otro día en el irlandés de al lado de casa me definió con términos desagradables, pero ella también era más fea que un pecado y no se lo recriminé en voz alta. Si me estás leyendo, víbora, que sepas que ójala te salgan unos juanetes como puertas de Brandemburgo. En fin, estábamos en el adjetivo calificativo de "rotundo". Todo el mundo que lo sabe, sabe que "rotundus", en latín, significaba "redondo" (que no es más el vulgarismo romance de ese término). Y me he dado cuenta de que me gusta. Me gusta ser rotundo. Me gusta ser un tipo que mide más de uno ochenta y pesa más de cien kilos. Me gusta que mi rostro hogacístico despierte la confianza y me confiera el aspecto afable de una tortuga elefantíaca. Me gusta que la gente crea que soy lento y torpe cuando les desafío al baloncesto. Me gusta que la gente crea que por estar rellenito soy un tipo acomplejado o tímido o inofensivo.
Me gusta parecer alguien agradable sólo porque estoy gordo.
Y a veces, cuando lo pienso, me gustaría alterar las mareas cuando paseo por la playa. Me gustaría ser definido con unidades y términos astronómicos. Tener albedo, órbita, eje, ecuador, paralelos. Me gustaría tener campo gravitario de mi exclusiva propiedad. Me gustaría tener forma esférica. Entonces Bego me ve en traje de baño y sin camiseta, cuando mi humanidad un tanto desbordante se desparrama, libre ya de corsés y trabas en forma de cinturones, y me mira con ojo crítico, y me dice "creo que deberías perder unos kilitos" (las mujeres usan diminutivos cuando creen que están ofendiendo), y mi voluntad se desploma, y me paso dos meses intentando adelgazar con furia visigótica, para terminar descubriendo que yo, en realidad, no estoy gordo, sino que soy bajo de tórax.
Porque, cariño, mi gordura no es un estado del ser. Es una característica innata.
PD: Gracias a Aroa, por la inspiración, y a Lucas, por la calificación.
Quizá no tenga obesidad mórbida, o sea uno de esos tipos achaparrados con complexión de barril, pero cuando uno se sube a la báscula y ésta arroja a nuestro rostro un número de tres cifras, creo que es el momento de plantearse el hecho de que, al margen de que "es que soy alto" o "es que estoy fuerte", uno ha cruzado el Rubicón metafórico y llega el momento de considerarse, hey, un tipo algo rellenito.
Hay que reconocerlo. La gordura es un estado del ser. Y yo estoy gordo.
Quizá no tenga obesidad mórbida, o sea uno de esos tipos achaparrados con complexión de barril, pero cuando uno se sube a la báscula y ésta arroja a nuestro rostro un número de tres cifras, creo que es el momento de plantearse el hecho de que, al margen de que "es que soy alto" o "es que estoy fuerte", uno ha cruzado el Rubicón metafórico y llega el momento de considerarse, hey, un tipo algo rellenito.
Un gordo, vamos.
No soy un gordo feliz. Es decir, no estoy feliz porque esté gordo. A mí me encantaría estar cachas y medir un metro noventa y ser rubio y de ojos azules y acostarme con supermodelos todas las tardes. Pero tengo que conformarme con ser un tipo gordito, medir un metro ochenta y cinco, ser más renegrido que un minero asturiano, tener los ojos color del color de la antracita y acostarme con Bego todas las noches salvo las que uno de los dos tiene que trabajar. Y sin embargo, soy feliz.
No viene al caso explicarles por qué. Pero quiero desmontar un tópico. Todos los gordos quieren estar delgados, o al menos, menos gordos. Todos y cada uno. Lo mismo que usted, pese a su cuerpo escultural, desearía tener un trabajo mejor, un novio más guapo, un coche más potente, unos hijos más espabilados, una casa en la sierra o unas vacaciones de crucero por el Mediterráneo. Es todo cuestión de prioridades. Yo estoy gordo. Quiero estar más delgado. Sopeso las acciones encaminadas a provocar tal reacción (sufrir y arrastrarme como mujer pública por rastrojo en un gimnasio, comer hierbajos regurgitados y dejar de beber cerveza) y decido que no. Que no merece la pena. Y que estoy más que satisfecho con mi vida. Y que estar delgado, que es otro estado del ser, no es más que una opción a considerar, no un fin en sí mismo.
Me visto con ropas amplias, y procuro utilizar rayas verticales, porque como es sabido desde tiempos de los romanos, las rayas verticales adelgazan. Visto de color negro. Intento no comportarme como un gordo. Pero llevo tiempo dándome cuenta de que, por mucho que esconda tripa hasta ponerme cianótico, por mucho que levante el mentón para disimular mi incipiente papada, por mucho que procure llevar largas garbardinas, la gente se da cuenta de que estoy gordo.
Y le da igual.
Me aprecian igualmente. Porque quizá esté gordo, sea un neurótico, tenga problemas de autoestima y un carácter complicado, pero, como diría aquel, mis amigos conocen todos mis defectos, y a pesar de ellos, me quieren. La última definición que han hecho de mí es "rotundo". Bueno, la última definición que ha hecho de mí alguien cuyas definiciones me importan. La chica a la que pisé (sin querer) el otro día en el irlandés de al lado de casa me definió con términos desagradables, pero ella también era más fea que un pecado y no se lo recriminé en voz alta. Si me estás leyendo, víbora, que sepas que ójala te salgan unos juanetes como puertas de Brandemburgo. En fin, estábamos en el adjetivo calificativo de "rotundo". Todo el mundo que lo sabe, sabe que "rotundus", en latín, significaba "redondo" (que no es más el vulgarismo romance de ese término). Y me he dado cuenta de que me gusta. Me gusta ser rotundo. Me gusta ser un tipo que mide más de uno ochenta y pesa más de cien kilos. Me gusta que mi rostro hogacístico despierte la confianza y me confiera el aspecto afable de una tortuga elefantíaca. Me gusta que la gente crea que soy lento y torpe cuando les desafío al baloncesto. Me gusta que la gente crea que por estar rellenito soy un tipo acomplejado o tímido o inofensivo.
Me gusta parecer alguien agradable sólo porque estoy gordo.
Y a veces, cuando lo pienso, me gustaría alterar las mareas cuando paseo por la playa. Me gustaría ser definido con unidades y términos astronómicos. Tener albedo, órbita, eje, ecuador, paralelos. Me gustaría tener campo gravitario de mi exclusiva propiedad. Me gustaría tener forma esférica. Entonces Bego me ve en traje de baño y sin camiseta, cuando mi humanidad un tanto desbordante se desparrama, libre ya de corsés y trabas en forma de cinturones, y me mira con ojo crítico, y me dice "creo que deberías perder unos kilitos" (las mujeres usan diminutivos cuando creen que están ofendiendo), y mi voluntad se desploma, y me paso dos meses intentando adelgazar con furia visigótica, para terminar descubriendo que yo, en realidad, no estoy gordo, sino que soy bajo de tórax.
Porque, cariño, mi gordura no es un estado del ser. Es una característica innata.
PD: Gracias a Aroa, por la inspiración, y a Lucas, por la calificación.
No sé latín, pero sí sé que no me gustan los eufemismos. Cuando algún colega de profesión se presenta con un "soy odontólogo" me dan ganas de reir y de vomitar al mismo tiempo. La palabra odontólogo es el eufemismo más frecuente para el concepto dentista.
Cuando dije rotundo no estaba diciendo gordo. Si hubiera querido decir gordo, habría dicho gordo. Pero dije rotundo. Leo en el diccionario las definiciones de rotundo y, aparte de "redondo", hay otra: "completo, preciso y terminante". Incluso aceptaría haber dicho el rotundo que se define como: "dicho del lenguaje: lleno y sonoro".
No confundamos los eufemismos con las metáforas.
Crimson tiene dos pendientes en la oreja izquierda, una voz rotunda y un cuerpo a juego.
PD: mido 1'69 m. Peso 93 Kg. Haz la comparación. Sin duda estoy más cerca que tú del extremo de la campana de Gauss.
PD2: en cada cuento metes una frase de esas para guardar. En este, hay varias. Me quedo con la de "Me gustaría tener campo gravitario de mi exclusiva propiedad". Buenísima.
PD3: soy inmune a los juenetes.