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El Bledo

1.- Planta de la familia de las quenopodiáceas, de tallos rastreros, de unos tres decímetros de largo, hojas triangulares de color verde oscuro y flores rojas, muy pequeñas y en racimos auxiliares. 2.- Cosa insignificante, de poco o ningún valor

Creciente despedida

1, 19 de 2005-12-19 de 2005
Lo más difícil de todo era tener que renunciar a sus sueños. Todo aquello que atesoró durante los largos años de su infancia, esos días en que quería ser mayor, se esfumaba ahora como el humo dulce de incienso que aspiraba los domingos en la iglesia. Lejano ya en la brumas del tiempo, el recuerdo se agolpaba en su mente. Cómo vio el cohete volar hacia el cielo, cómo vio a los astronautas dar grandes trancos en la rocosa y polvorienta superficie selénica. La vieja televisión de sus padres, en blanco y negro, emitía el importante salto para la humanidad. Desde ese momento, embargado por la emoción, quiso ser astronauta, y pisar la luna. Y ahora... era tan doloroso renunciar a los sueños infantiles... Pero en un abrir y cerrar de ojos, el recuerdo se esfumó como por arte de magia. Y nunca supo por qué un lágrima le resbalaba por la mejilla.


Lo más difícil de todo era tener que renunciar a sus sueños. Todo aquello que atesoró durante los largos años de su infancia, esos días en que quería ser mayor, se esfumaba ahora como el humo dulce de incienso que aspiraba los domingos en la iglesia. Lejano ya en la brumas del tiempo, el recuerdo se agolpaba en su mente. Cómo vio el cohete volar hacia el cielo, cómo vio a los astronautas dar grandes trancos en la rocosa y polvorienta superficie selénica. La vieja televisión de sus padres, en blanco y negro, emitía el importante salto para la humanidad. Desde ese momento, embargado por la emoción, quiso ser astronauta, y pisar la luna. Y ahora... era tan doloroso renunciar a los sueños infantiles... Pero en un abrir y cerrar de ojos, el recuerdo se esfumó como por arte de magia. Y nunca supo por qué un lágrima le resbalaba por la mejilla.

Tuvo que romperlos casi todos. Esas malditas odas, esas elegías, esos condenados sonetos, todos hablando de la "faz de nácar", "cuerno marfileño", "diosa de la noche", "garra garduña". Entre sollozos, pero sin ser capaz de resistirse, ¡tuvo que romperlos todos!

En los cines, una y mil veces se proyectaron las películas, las viejas y las nuevas, y en todas, aparecía. Los montadores tuvieron trabajo extra esos días, cortando y pegando las tiras del viejo celuloide, que más tarde, apiladas en las aceras y en las plazas, se tranformaron en una acerba hoguera. Ardieron sin dejar siquiera un rastro de cenizas, consumidas hasta la desaparición por esta repentina ansia de borrarla de una vez por todas.

Las revistas aleteaban al cálido aliento de la calima, y en sus páginas se podían ver algunas recortadas, pero todo el mundo sabía qué, y por qué, se había recortado. En un kiosko, una miope vendedora arrancaba tranquilamente una panorámica nocturna a toda página, una fotografía del límpido cielo del África Central, a medianoche.

En las playas y en las costas, muchos barcos estaban tumbados sobre su panza manchada de lapas y algas, como gigantescos peces que no boqueaban ya. El viejo pescador maldijo en voz alta su suerte. Por primera vez en todos sus años, la bajamar le había sorprendido y había varado su andrajosa barca, una y mil veces pintada, una y mil veces calafateada, una y mil veces parcheada con mimo... Y ahora su querida Gallarda languidecía al sol, a más de cien metros del agua, atrapada para siempre en tierra...

Los museos retiraron cientos de cuadros, para permitir a sus más destacados maestros y restauradores retocar convenientemente los lienzos. Trabajaron con ahínco, sin permitirse apenas un descanso, pero mereció la pena. Todo el mundo que los vio más tarde coincidió en señalar que las diestras y sutiles manipulaciones no se notaban "en absoluto".

¡Cuántas canciones silenciadas! ¡Cuántas óperas! Entre los músicos la noticia corrió como la pólvora, y todos se apresuraron a los estudios de grabación para suprimir todo lo necesario, para alterar a toda prisa las composiciones, o incluso para borrar definitivamente todos aquellos temas que, mutilados, hubiesen perdido totalmente el sentido y la belleza estética. Unos cuantos, llevados por el impulso rebelde y bohemio, pretendieron desafiar a todo y a todos y continuar como si nada, pero eran los menos y, finalmente, se rindieron a la presión osmótica que empujaba a sus compañeros, y a esa desconocida necesidad que parecía alimentarlos.

Carteles publicitarios, decorados de los teatros, álbumes de fotografías, cromos, postales,... todos y cada uno fueron revisados de manera conveniente, profesional, y retocados en su caso, toscamente a veces con unas tijeras o un bote de pintura, otras de las formas más sofisticadas imaginables, pero en todos los casos con eficacia y diligencia sorprendentes.

En todas las bibliotecas del mundo, legiones de sabios y escritores se abalanzaron sobre los títulos, para tachar frases, borrar párrafos, arrancar páginas enteras. Algo semejante ocurrió en las librerías, las universidades, incluso en las colecciones domésticas. Tiradas enteras fueron destruidas, y no se respetaron tampoco los incunables, ni los tesoros de los bibliófilos.

Nadie sabe cómo, o por qué, esa irresitible fuerza, ese frenesí, se había iniciado. Todos coincidían en que se habían visto impelidos a actuar, sin capacidad, sin voluntad, de resistencia. Las ciudades bulleron como inmensos hormigueros, como colmenas titánicas. Pero también en los pueblos, en las aldeas, en mitad de la mar o del desierto, sucedió lo mismo.

Pero enseguida terminó todo. La enfermiza actividad pronto quedó relegada a una expectación silenciosa. No tuvieron que esperar mucho para saber la razón. Todo el mundo, desde todos los rincones de la Tierra, alzó la cabeza a la vez hacia el cielo, que, complaciente, se abrió para mostrar a todos el acontecimiento.

Se iba.

La luna se alejó, lentamente al principio, más deprisa al final, convirtiéndose en un puntito de suave luz, en una diminuta estrella más, hasta que sólo era posible verla si no se miraba directamente. Luego nada. Se había ido. La luna se había marchado, y con ella se llevaba, en una última e inefable pleamar, los vestigios de su paso por la vida de los hombres.

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