Recuerdos imborrables (II). La instrumentalización de la palabra
2, 22 de 2005-12-22 de 2005
The Cremasters estábamos listos para ofrecer al mundo las perlas de nuestras canciones. Bueno, casi listos. Ya teníamos la actitud (éramos duros y canallas y underground), ya teníamos un nombre bien majo (los Cremasters, músculos eréctiles) y cuatro componentes listos para deshacer a los burgueses a golpe de distorsión.
The Cremasters estábamos listos para ofrecer al mundo las perlas de nuestras canciones. Bueno, casi listos. Ya teníamos la actitud (éramos duros y canallas y underground), ya teníamos un nombre bien majo (los Cremasters, músculos eréctiles) y cuatro componentes listos para deshacer a los burgueses a golpe de distorsión.
Claro que nos faltaban los instrumentos, claro.
Y conseguirlos no era cosa baladí, habida cuenta nuestros ingresos (cero), nuestros contactos (menos que cero) o nuestros recursos (incalificables).
Waje consiguió una batería de manera innombrable, indigna, increíble, patética. Se la pidió a su padre, que además se la compró. Aunque eso resultaba paradójicamente contrario a nuestra ideología anarco-libertaria, el mamón de Óscar consiguió convencernos de que una subvención paterna era perfectamente conciliable con una furibunda defensa de la autogestión y la bohemia como trasfondo (y a la vez sustento, sustrato y justificación) moral y ética. El Tresca decidió, por su lado, aplicar el concepto de la justicia poética, y robó el bajo. Lo robó, sí, en serio. ¿Cómo que cómo? ¿Quieren que revele aquí las triquiñuelas delictivas de mis amigos?
La verdad es que nunca nos lo contó. Yo pensé (y pienso todavía) que se lo compró (era un bajo mugriento que no creo que costase ni quince mil pelas), pero para dárselas de guay y de alternativo, dijo que lo había robado. Tresca era de esa clase de tipos.
Nacho le pidió la guitarra eléctrica a un amiguete, que nunca la usaba. Era una de esas que imitaba a las fender, una muy molona de color morado oscuro. Sonaba bien. Tenía un ampli y un gato o algo así que hacía unas distorsiones así "wah-waaaah" de lo más auténtico. Di tú que para tocar cuatro acordes mal aporreados no le hacía falta mucho más. Y por fin, estaba yo, que conseguí afanar un par de micros en la radio del barrio, donde mi primo colaboraba a la vez que estudiaba en la uni. No fue difícil, más que nada porque no vigilaba nadie. De los dos micros, uno no funcionaba y otro tenía más batallas que la guerra de los cien años, pero al menos, podíamos enchufarlo a la minicadena de casa y que pareciera que hacíamos mucho ruido.
Bueno, no lo parecía. Es que hacíamos mucho ruido.
Una vez que tuvimos los instrumentos, llegaba el Rubicón. ¿Sabíamos tocar?
Waje atizaba unas castañas a su flamante batería con un entusiasmo digno de la mejor causa, pero o bien los bombos no estaban colocados como en la de su primo, o bien las baquetas estaban desafinadas, porque aquello sonaba como una banda de pueblo tras una ronda de bodegueo. Aunque el sonido general resultaba reconocible (una especie de pum-pum-pum-chis-pum de lo más versátil, lo mismo un pasodoble, una balada heavy o una charanga mesetariao), el compás no era muy armónico. Digamos que entre el segundo pum y el chis-pum del final no había un tiempo fijo, y que los pum a veces resultaban contundentes como truenos y a veces minimalistas como el cuesco de una hormiga. Yo le decía al Waje que era porque no siempre apuntaba al centro del bombo (y a veces, ni siquiera al mismo bombo), pero me despachaba con un "no tienes ni puta idea, mecagonmimadre", y seguía a lo suyo, dándole baquetazos a los pobres bombos como quien clava puntas en un tablón.
Tresca, por su parte, tenía aire de bajista. Quiero decir que la pose entre aburrida y displicente la clavaba, el tío, pero lo que es el pulso... no hace falta que les diga cómo suena un bajo al ser tocado. Bueno, pues lo que hacía el Tresca no se parecía en nada. Primero, ni siquiera lo tenía enchufado, por lo que el sonido, entre el pum pum chis pum de Waje y las virguerías de Nacho con su nuevo juguete, se perdía entre la cacofonía imperante. Cuando pedí silencio y lo escuché atentamente, agradecí el anterior ruido que amortiguaba el horror al que tuve que asistir. Manejaba el concepto y la teoría, y de vez en cuando, por incógnitas del azar, acertaba a sacar un sonido coherente, pero la mayoría eran "weeengs" graves y vibrantes sin mcuho sentido musical. Lo dejé correr. Todos los inicios son difíciles.
Nacho era un virguero cabrón. Sabía hacer escalas y media docena contada de solos, pero el muy bastardillo los hacía continuamente, lo cual resultaba algo crispante. Abusaba el wah-wah, cuyo soniquete de gato en celo podía ser simpático un par de minutos, pero créanme, tras media hora de un coro felino maullando a voz en grito el solo de "Sultans of swing", uno descubre que Caín era un incomprendido.
Necesitábamos algo de tiempo. Nacho enseñó con paciencia a Tresca los rudimentos del bajo, hasta que fue capaz de tocar cosas sencillas si se concentraba mucho y ensayaba dos o treinta veces. A veces me imaginaba si hubiera costado tanto adiestrar a un chimpancé para tocar los mismos tres trastes y las mismas tres cuerdas a intervalos regulares durante cuatro minutos. Waje consiguió ponerse las pilas, y salvo algunos errores esporádicos cada media docena de pumpumpumchispumes, parecía un batería de verdad, siempre que el batería acabase de despertarse de un coma sin brazos ni piernas. Nacho, a sugerencia mía, hacía restringido el wah-wah al estricto ámbito de su intimidad (en concreto, la intimidad de su esfínter), y se limitaba a tocar la guitarra medio bien.
Y yo cantaba, componía y era, en una palabra, el factótum de The Cremasters.
Cantaba. Je. Deberían oírme cantar. Mi voz podría espantar pájaros de un campo de trigo. Podría espantar buitres de un cadáver. Podría poner en fuga al propio cadáver, si no hacía mucho que estaba muerto. A veces acertaba con el tono adecuado, de la misma manera que si uno se venda los ojos y sacude con un palo, termina acertándole a la piñata de cuando en vez. Normalmente, mis berridos simplemente se daban de puñetes con la melodía, cuando no directamente la masacraban, metafóricamente. Y el hecho de cantar a voz en grito joyitas del estilo "Estoy hasta los cojones/de esta puta sociedad/todo es puro consumismo/dinero y publicidad" tampoco ayudaba lo más mínimo. Intenté mejorar, lo juro, pero había algo en mis tímpanos que me impedía captar el sonido musical. Además de ser un rockero gordo, cosa nunca vista (salvo, quizá Meat Loaf, si se le puede llamar rockero, claro), era un gordo que desafinaba como un cerdo en pleno San Martín. ¿Han escuchado el chirrido de una tiza sobre una pizarra nueva? ¿Recuerdan cómo suena un cuchillo al rascar sobre un plato de porcelana? Pues imagínense mi voz cuando Waje dijo que era preferible el aullido de un perro al pillarle las pelotas con la puerta de un coche, que escucharme más de cinco minutos seguidos. Yo también pensaba que él tocaba la batería como un babuino borracho y epiléptico, y que Tresca tenía tanto de bajista como de monje cisterciense, y que Nacho se molaba tanto a sí mismo con la guitarra que no hacía solos, se masturbaba. Pero no lo decía, aunque lo pensase. O si lo decía, tenía la delicadeza de parecer de broma.
En resumen, que éramos más malos que la carne de pescuezo. Y aún así, conseguimos un concierto, en el bar de un colega de mi primo, el de la uni. The Cremasters, tras un mes de ensayos, estaban listos para lanzarse al circuito comercial.
The Cremasters estábamos listos para ofrecer al mundo las perlas de nuestras canciones. Bueno, casi listos. Ya teníamos la actitud (éramos duros y canallas y underground), ya teníamos un nombre bien majo (los Cremasters, músculos eréctiles) y cuatro componentes listos para deshacer a los burgueses a golpe de distorsión.
Claro que nos faltaban los instrumentos, claro.
Y conseguirlos no era cosa baladí, habida cuenta nuestros ingresos (cero), nuestros contactos (menos que cero) o nuestros recursos (incalificables).
Waje consiguió una batería de manera innombrable, indigna, increíble, patética. Se la pidió a su padre, que además se la compró. Aunque eso resultaba paradójicamente contrario a nuestra ideología anarco-libertaria, el mamón de Óscar consiguió convencernos de que una subvención paterna era perfectamente conciliable con una furibunda defensa de la autogestión y la bohemia como trasfondo (y a la vez sustento, sustrato y justificación) moral y ética. El Tresca decidió, por su lado, aplicar el concepto de la justicia poética, y robó el bajo. Lo robó, sí, en serio. ¿Cómo que cómo? ¿Quieren que revele aquí las triquiñuelas delictivas de mis amigos?
La verdad es que nunca nos lo contó. Yo pensé (y pienso todavía) que se lo compró (era un bajo mugriento que no creo que costase ni quince mil pelas), pero para dárselas de guay y de alternativo, dijo que lo había robado. Tresca era de esa clase de tipos.
Nacho le pidió la guitarra eléctrica a un amiguete, que nunca la usaba. Era una de esas que imitaba a las fender, una muy molona de color morado oscuro. Sonaba bien. Tenía un ampli y un gato o algo así que hacía unas distorsiones así "wah-waaaah" de lo más auténtico. Di tú que para tocar cuatro acordes mal aporreados no le hacía falta mucho más. Y por fin, estaba yo, que conseguí afanar un par de micros en la radio del barrio, donde mi primo colaboraba a la vez que estudiaba en la uni. No fue difícil, más que nada porque no vigilaba nadie. De los dos micros, uno no funcionaba y otro tenía más batallas que la guerra de los cien años, pero al menos, podíamos enchufarlo a la minicadena de casa y que pareciera que hacíamos mucho ruido.
Bueno, no lo parecía. Es que hacíamos mucho ruido.
Una vez que tuvimos los instrumentos, llegaba el Rubicón. ¿Sabíamos tocar?
Waje atizaba unas castañas a su flamante batería con un entusiasmo digno de la mejor causa, pero o bien los bombos no estaban colocados como en la de su primo, o bien las baquetas estaban desafinadas, porque aquello sonaba como una banda de pueblo tras una ronda de bodegueo. Aunque el sonido general resultaba reconocible (una especie de pum-pum-pum-chis-pum de lo más versátil, lo mismo un pasodoble, una balada heavy o una charanga mesetariao), el compás no era muy armónico. Digamos que entre el segundo pum y el chis-pum del final no había un tiempo fijo, y que los pum a veces resultaban contundentes como truenos y a veces minimalistas como el cuesco de una hormiga. Yo le decía al Waje que era porque no siempre apuntaba al centro del bombo (y a veces, ni siquiera al mismo bombo), pero me despachaba con un "no tienes ni puta idea, mecagonmimadre", y seguía a lo suyo, dándole baquetazos a los pobres bombos como quien clava puntas en un tablón.
Tresca, por su parte, tenía aire de bajista. Quiero decir que la pose entre aburrida y displicente la clavaba, el tío, pero lo que es el pulso... no hace falta que les diga cómo suena un bajo al ser tocado. Bueno, pues lo que hacía el Tresca no se parecía en nada. Primero, ni siquiera lo tenía enchufado, por lo que el sonido, entre el pum pum chis pum de Waje y las virguerías de Nacho con su nuevo juguete, se perdía entre la cacofonía imperante. Cuando pedí silencio y lo escuché atentamente, agradecí el anterior ruido que amortiguaba el horror al que tuve que asistir. Manejaba el concepto y la teoría, y de vez en cuando, por incógnitas del azar, acertaba a sacar un sonido coherente, pero la mayoría eran "weeengs" graves y vibrantes sin mcuho sentido musical. Lo dejé correr. Todos los inicios son difíciles.
Nacho era un virguero cabrón. Sabía hacer escalas y media docena contada de solos, pero el muy bastardillo los hacía continuamente, lo cual resultaba algo crispante. Abusaba el wah-wah, cuyo soniquete de gato en celo podía ser simpático un par de minutos, pero créanme, tras media hora de un coro felino maullando a voz en grito el solo de "Sultans of swing", uno descubre que Caín era un incomprendido.
Necesitábamos algo de tiempo. Nacho enseñó con paciencia a Tresca los rudimentos del bajo, hasta que fue capaz de tocar cosas sencillas si se concentraba mucho y ensayaba dos o treinta veces. A veces me imaginaba si hubiera costado tanto adiestrar a un chimpancé para tocar los mismos tres trastes y las mismas tres cuerdas a intervalos regulares durante cuatro minutos. Waje consiguió ponerse las pilas, y salvo algunos errores esporádicos cada media docena de pumpumpumchispumes, parecía un batería de verdad, siempre que el batería acabase de despertarse de un coma sin brazos ni piernas. Nacho, a sugerencia mía, hacía restringido el wah-wah al estricto ámbito de su intimidad (en concreto, la intimidad de su esfínter), y se limitaba a tocar la guitarra medio bien.
Y yo cantaba, componía y era, en una palabra, el factótum de The Cremasters.
Cantaba. Je. Deberían oírme cantar. Mi voz podría espantar pájaros de un campo de trigo. Podría espantar buitres de un cadáver. Podría poner en fuga al propio cadáver, si no hacía mucho que estaba muerto. A veces acertaba con el tono adecuado, de la misma manera que si uno se venda los ojos y sacude con un palo, termina acertándole a la piñata de cuando en vez. Normalmente, mis berridos simplemente se daban de puñetes con la melodía, cuando no directamente la masacraban, metafóricamente. Y el hecho de cantar a voz en grito joyitas del estilo "Estoy hasta los cojones/de esta puta sociedad/todo es puro consumismo/dinero y publicidad" tampoco ayudaba lo más mínimo. Intenté mejorar, lo juro, pero había algo en mis tímpanos que me impedía captar el sonido musical. Además de ser un rockero gordo, cosa nunca vista (salvo, quizá Meat Loaf, si se le puede llamar rockero, claro), era un gordo que desafinaba como un cerdo en pleno San Martín. ¿Han escuchado el chirrido de una tiza sobre una pizarra nueva? ¿Recuerdan cómo suena un cuchillo al rascar sobre un plato de porcelana? Pues imagínense mi voz cuando Waje dijo que era preferible el aullido de un perro al pillarle las pelotas con la puerta de un coche, que escucharme más de cinco minutos seguidos. Yo también pensaba que él tocaba la batería como un babuino borracho y epiléptico, y que Tresca tenía tanto de bajista como de monje cisterciense, y que Nacho se molaba tanto a sí mismo con la guitarra que no hacía solos, se masturbaba. Pero no lo decía, aunque lo pensase. O si lo decía, tenía la delicadeza de parecer de broma.
En resumen, que éramos más malos que la carne de pescuezo. Y aún así, conseguimos un concierto, en el bar de un colega de mi primo, el de la uni. The Cremasters, tras un mes de ensayos, estaban listos para lanzarse al circuito comercial.
Genial ^_^