Pesadilla después de Navidad
12, 28 de 2005-12-28 de 2005
El mundo de los blogs es enorme. Hay millones de blogs personales, como este, en los que gente con más o menos gracia te cuenta su vida. Algunos son divertidos, otros son interesantes, y unos pocos consiguen que te quedes con ganas de volver al día siguiente a ver en qué nuevas peripecias se ha metido el autor. Ya me gustaría que a ti, estimado lector, te inundara el deseo de volver mañana a por más, pero sé que ni tengo una vida mínimamente interesante ni tengo la gracia para contarla de manera que te motive a volver. Así pues, me veo obligado a recurrir a un ardíd para que, al menos, desees seguir leyendo este artículo. Juguemos a un juego. Yo digo unas cuantas palabras sueltas y tú adivinas de qué va este artículo. A ver, por ejemplo: Nochebuena, cordero y muela.
El mundo de los blogs es enorme. Hay millones de blogs personales, como este, en los que gente con más o menos gracia te cuenta su vida. Algunos son divertidos, otros son interesantes, y unos pocos consiguen que te quedes con ganas de volver al día siguiente a ver en qué nuevas peripecias se ha metido el autor. Ya me gustaría que a ti, estimado lector, te inundara el deseo de volver mañana a por más, pero sé que ni tengo una vida mínimamente interesante ni tengo la gracia para contarla de manera que te motive a volver. Así pues, me veo obligado a recurrir a un ardíd para que, al menos, desees seguir leyendo este artículo. Juguemos a un juego. Yo digo unas cuantas palabras sueltas y tú adivinas de qué va este artículo. A ver, por ejemplo: Nochebuena, cordero y muela.
¡Lo conseguí! ¡Has seguido leyendo! Punto para mí.
Con esas tres palabras he definido bastante bien, creo, el núcleo central de mi primera celebración navideña. Se me rompió una muela comiendo cordero, pero no me dolía. Ya me ha pasado otras veces. Seguro que sabes a qué me refiero. El domingo fue Navidad, así que no había dentistas disponibles. El lunes encontré uno. Los dentistas no tienen la visión comercial que sí tienen las peluqueras, y no decoran las fachadas de sus clínicas con enormes ventanales a través de los cuales el cliente potencial pueda decidir, calibrando a ojo, la talla de sujetador de la dentista (o, en su defecto, de la enfermera), así que te ves obligado a entrar a ciegas.
Me dan miedo los dentistas. Me dan miedo todos los profesionales que profesan cualquier profesión que tenga que ver con cualquier cosa que pueda poner a funcionar cualquier terminación nerviosa de mi cuerpo. No es por miedo al dolor, es por miedo a los malos días. Yo, en mi trabajo (soy vendedor de El Corte Inglés), si tengo un mal día lo pago con el primer pardillo que se me acerca con cara de "¿verdad que si no es mi talla puedo devolverlo?". Mis malos días son casi inocuos. Los del dentista, no. Si el dentista tiene un mal día, lo paga con mis terminaciones nerviosas.
Los dientes están diseñados para durar treinta, cuarenta años, que era la esperanza de vida del ser humano medio hasta hace muy pocos años. A esa edad caduca la garantía. Yo tengo treinta y tres. Estoy rodeado de gente (amigos, conocidos, vecinos) a la que le ha caducado la garantía y lo que me cuentan (y veo) de sus dentaduras no es alentador: queso fundido saliendo de las encías, almohadas empapadas de sangre por las mañanas, muelas que se desmoronan como torres gemelas, manchas negras que no salen ni con esa lejía futurista que no salpica porque es un gel... el chernobyl de las quijadas.
A mí sólo se me rompió un trocito, uno muy pequeño, y ni siquiera me dolía. Así que me dije: "es el momento de cortar de raiz cualquier amenaza de putrefacción". Y me fui al dentista. El muy desconsiderado ni siquiera tenía tetas, sino todo lo contrario. Ni siquiera eso fue capaz de echarme para atrás. Estaba decidido. Me iba a arreglar los piños, sí o sí.
Entonces me dijo lo que me iba a costar. El muy imbécil esperaba que le entregase una cantidad obscena de euros a cambio de dejarle jugar con sus juguetitos de alta tecnología dentro de mi boca. ¡Debería pagarme él a mí por darle la oportunidad! Pero era hábil (sé reconocer a un buen vendedor cuando me habla; deformación profesional), así que, aunque sólo fuera por compañerismo, acepté el trato. Además, como dijo el habilidoso vendedor de empastes aquel, demasiada suerte había tenido después de quince años de no pisar una clínica dental. Llevaba quince años sin ningún problema. Me planteé que aquel desembolso tan exagerado era como pagar quince años de atrasos a Hacienda. Si hubiera ido todos los años a la revisión rutinaria como cualquier hijo de vecino hoy no tendría que pagar tanto. Lo habría pagado poco a poco, año a año. En fin, que el dentista es tan inevitable como la muerte y los impuestos.
Recé por que aquel tipo no hubiera discutido con su suegra en Navidad, por que no le hubieran puesto ninguna multa por mal aparcamiento, por que no se hubiera levantado con el pie izquierdo aquella mañana y por que no existiera ninguna razón para que aquel lunes no fuera el mal día del dentista y abrí la boca, dispuesto a dejarme torturar.
Al principio, todo fue bien. La anestesia hizo efecto, la frente del dentista estaba seca, la enfermera ociosa y despreocupada. Casi una hora después la situación había cambiado. La frente del dentista era un catálogo de gotitas de sudor, la enfermera corría de acá para allá buscando instrumentos que, obviamente, no eran los instrumentos necesarios para hacer un empaste normal, y la gente se acinaba en la sala de espera. Supongo que esos son los síntomas típicos del mal día de un dentista.
Cuando entré por la puerta de aquella clínica no me dolía ninguna muela. Ahora, casi cuarenta y ocho horas después, sí me duele. Algo no me cuadra en esta frase. Me dan miedo los malos días.
El mundo de los blogs es enorme. Hay millones de blogs personales, como este, en los que gente con más o menos gracia te cuenta su vida. Algunos son divertidos, otros son interesantes, y unos pocos consiguen que te quedes con ganas de volver al día siguiente a ver en qué nuevas peripecias se ha metido el autor. Ya me gustaría que a ti, estimado lector, te inundara el deseo de volver mañana a por más, pero sé que ni tengo una vida mínimamente interesante ni tengo la gracia para contarla de manera que te motive a volver. Así pues, me veo obligado a recurrir a un ardíd para que, al menos, desees seguir leyendo este artículo. Juguemos a un juego. Yo digo unas cuantas palabras sueltas y tú adivinas de qué va este artículo. A ver, por ejemplo: Nochebuena, cordero y muela.
¡Lo conseguí! ¡Has seguido leyendo! Punto para mí.
Con esas tres palabras he definido bastante bien, creo, el núcleo central de mi primera celebración navideña. Se me rompió una muela comiendo cordero, pero no me dolía. Ya me ha pasado otras veces. Seguro que sabes a qué me refiero. El domingo fue Navidad, así que no había dentistas disponibles. El lunes encontré uno. Los dentistas no tienen la visión comercial que sí tienen las peluqueras, y no decoran las fachadas de sus clínicas con enormes ventanales a través de los cuales el cliente potencial pueda decidir, calibrando a ojo, la talla de sujetador de la dentista (o, en su defecto, de la enfermera), así que te ves obligado a entrar a ciegas.
Me dan miedo los dentistas. Me dan miedo todos los profesionales que profesan cualquier profesión que tenga que ver con cualquier cosa que pueda poner a funcionar cualquier terminación nerviosa de mi cuerpo. No es por miedo al dolor, es por miedo a los malos días. Yo, en mi trabajo (soy vendedor de El Corte Inglés), si tengo un mal día lo pago con el primer pardillo que se me acerca con cara de "¿verdad que si no es mi talla puedo devolverlo?". Mis malos días son casi inocuos. Los del dentista, no. Si el dentista tiene un mal día, lo paga con mis terminaciones nerviosas.
Los dientes están diseñados para durar treinta, cuarenta años, que era la esperanza de vida del ser humano medio hasta hace muy pocos años. A esa edad caduca la garantía. Yo tengo treinta y tres. Estoy rodeado de gente (amigos, conocidos, vecinos) a la que le ha caducado la garantía y lo que me cuentan (y veo) de sus dentaduras no es alentador: queso fundido saliendo de las encías, almohadas empapadas de sangre por las mañanas, muelas que se desmoronan como torres gemelas, manchas negras que no salen ni con esa lejía futurista que no salpica porque es un gel... el chernobyl de las quijadas.
A mí sólo se me rompió un trocito, uno muy pequeño, y ni siquiera me dolía. Así que me dije: "es el momento de cortar de raiz cualquier amenaza de putrefacción". Y me fui al dentista. El muy desconsiderado ni siquiera tenía tetas, sino todo lo contrario. Ni siquiera eso fue capaz de echarme para atrás. Estaba decidido. Me iba a arreglar los piños, sí o sí.
Entonces me dijo lo que me iba a costar. El muy imbécil esperaba que le entregase una cantidad obscena de euros a cambio de dejarle jugar con sus juguetitos de alta tecnología dentro de mi boca. ¡Debería pagarme él a mí por darle la oportunidad! Pero era hábil (sé reconocer a un buen vendedor cuando me habla; deformación profesional), así que, aunque sólo fuera por compañerismo, acepté el trato. Además, como dijo el habilidoso vendedor de empastes aquel, demasiada suerte había tenido después de quince años de no pisar una clínica dental. Llevaba quince años sin ningún problema. Me planteé que aquel desembolso tan exagerado era como pagar quince años de atrasos a Hacienda. Si hubiera ido todos los años a la revisión rutinaria como cualquier hijo de vecino hoy no tendría que pagar tanto. Lo habría pagado poco a poco, año a año. En fin, que el dentista es tan inevitable como la muerte y los impuestos.
Recé por que aquel tipo no hubiera discutido con su suegra en Navidad, por que no le hubieran puesto ninguna multa por mal aparcamiento, por que no se hubiera levantado con el pie izquierdo aquella mañana y por que no existiera ninguna razón para que aquel lunes no fuera el mal día del dentista y abrí la boca, dispuesto a dejarme torturar.
Al principio, todo fue bien. La anestesia hizo efecto, la frente del dentista estaba seca, la enfermera ociosa y despreocupada. Casi una hora después la situación había cambiado. La frente del dentista era un catálogo de gotitas de sudor, la enfermera corría de acá para allá buscando instrumentos que, obviamente, no eran los instrumentos necesarios para hacer un empaste normal, y la gente se acinaba en la sala de espera. Supongo que esos son los síntomas típicos del mal día de un dentista.
Cuando entré por la puerta de aquella clínica no me dolía ninguna muela. Ahora, casi cuarenta y ocho horas después, sí me duele. Algo no me cuadra en esta frase. Me dan miedo los malos días.
A mí sólo me agotan. De todas maneras, por raro que suene, me mola menos ir al gestor que ir al dentista...
Eso explica por qué este año no he podido comer turrón, claro. Maldito insensato. Te dije que lo dejaras correr hasta el día siete, pero claro, no valoré en lo que valía tu hipocondría galopante.
Además, era tan divertido juguetear con la lengua en ese huequecillo...
No sé por qué pero te odio.