Perdón por la tristeza
12, 05 de 2006-01-05 de 2006
La última noche del año pasado terminó como empezó la primera de este, terriblemente borracho y sentado en uno de los sillones de casa de G., bebiendo té caliente y fumando un cigarrillo de marihuana que compartimos con la exquisita cortesía y el compañerismo de dos naúfragos desconocidos que acaban de encontrarse flotando en mitad de la tormenta.
La última noche del año pasado terminó como empezó la primera de este, terriblemente borracho y sentado en uno de los sillones de casa de D., bebiendo té caliente con G. y fumando un cigarrillo de marihuana que compartimos con la exquisita cortesía y el compañerismo de dos naúfragos desconocidos que acaban de encontrarse flotando en mitad de la tormenta.
Y es que no cabe sino la nostalgia, cuando tras las doce campanadas uno se pierde en la noche más longeva del año, la más golfa, para intentar por arte de birlibirloque encontrar, contra todo pronóstico, una chispa de esa luz que día a día, noche a noche, año a año, se nos escapa girando en un inmenso sumidero.
Cuando una campanada solitaria daba la bienvenida a la madrugada, el grupo de amigos entramos en el pub atestado de gente para el que todos nosotros, unos veinte, habíamos adquirido las entradas quince días antes. Allí nos encontramos con la música a todo volumen, mientras intentábamos parecer otra vez adolescentes, vestidos con nuestras mejores galas, tocados con unos gorritos cónicos y pertrechados de matasuegras y confetti. Quien más, quien menos, había bebido vino, champán, licores, espirituosos, cordiales, digestivos, que sumados a un primerizo cuba libre fermentaban en mi estómago con una ensalada fría de marisco con piña, un par de medallones de solomillo con foie en salsa de higos, mantecado de turrón, dulces navideños diversos y una docena de uvas adornando el resultante cual bíblica corona de espinas. Feliz el paladar, feliz el vientre, ligeramente ebria la mente, suelta ya por fin la lengua, pinturero como de boda, así me encontré de repente en aquel maremágnum, bailando con más estusiasmo que gracia, siendo más estridente que ingenioso, más cínico que sarcástico, más locuaz que inteligente, coreando el estribillo de las canciones de moda, bebiendo vodka con naranja y champán, brindando y aletargado quizá por el alcohol, quizá por la fiesta, quizá por la buena cena, quizá por la compañía.
Quizá por la tristeza.
Ya eran media docena las campanadas que saludaban a la noche que ya iba languideciendo, y poco a poco, los amigos se habían ido retirando, e incluso Bego, cansada, me había despedido con un beso en la mejilla y ese ceño fruncido que quiere decir "vuelve con tu escudo, espartano, o sobre él". Las corbatas habían desaparecido hacía un par de horas, y las camisas estaban ya desabrochadas, llegados a ese momento crucial de la noche en la que uno la lía definitivamente, o se va a casa. Quedábamos cinco, tres hombres y dos mujeres. Una de ellas era una amiga francesa, D., que había acudido acompañada por un amigo de Lille a quien no conocíamos y que nos había presentado como G., desconocedor del idioma castellano pero aún así educado, sonriente y yo diría que incluso divertido, a juzgar por cómo se reía D. de las ocurrencias de G., en francés.
No me alargaré en describir como, por cosas del azar, G. y yo terminamos solos, a eso de las siete de la mañana, de bar en bar y ya en franca retirada, borrachos como los proverbiales cosacos, chapurreando yo en francés e inglés, y él poniendo todo de su parte para entenderme y hacerse entender. Entramos en el último garito, ya cerca de casa de D., un pub bastante chulo al que Bego y yo solemos ir de vez en cuando con los amigos. Allí pusieron una canción que particularmente me encanta, y los dos nos pusimos a bailar como locos, con esa desinhibición estéril, pólvora en salvas, que proporciona el alcohol. Miré alrededor, y por un instante pensé que tenía otra vez veinte años, y que estaba soltero, y que todavía podía comerme la vida a dentelladas. Y entonces una chica se puso a bailar a mi lado, una chavalita de unos veintipocos, vestida con uno de esos trajes de inspiración japonesa, mirándome de vez en cuando con una sonrisa de lo más fascinante.
No sé por qué, pero aquello fue como una patada en la boca del estómago.
Me di cuenta de que estaba totalmente fuera de lugar, fuera de sitio, cogido en falta. Lo confieso, me entró el pánico. Nunca he sido un dandy, nunca he sabido cómo moverme, cómo hablar, como actuar en esas situaciones. Tengo miedo de que las chicas que me gustan busquen en realidad otra cosa que yo no sé darles. Me asusta que busquen en mí a un buen amante. Me aterra pensar que no sabré comportarme, que pareceré un estúpido, que seré un completo gilipollas. Me horroriza pensar que nunca estaré a la altura. Me desalienta el pensamiento de no tener nada que decir, de resultar aburrido, de equivocarme como tantas veces me he equivocado.
Tuve que salir del local, acompañado por G., moralmente destruido. Intenté explicarle a G. lo que sentía, pero prefería hacerlo bajo techo, y allí nos encontramos los dos, sentados en el salón de estar del piso de D., tomando té, fumando marihuana y refocilándome en mi autocompasión junto a un desconocido que, para colmo, ni siquiera hablaba mi idioma.
Pensé, y así se lo conté a G., en cómo he traicionado a aquel chico de quince, dieciséis, dieciocho años, que soñaba con convertirse en algo mejor de lo que yo soy, con cambiar el mundo, con correr muchas más aventuras de las que yo he corrido, con acostarse con muchas más mujeres, con ganar mucho más dinero, con ser mejor que yo, en definitiva. En aquella época adolescente, la vida nos parecía una manzana madura esperándonos en la rama del árbol, fuera todavía de nuestro alcance, pero ya incitante, dulcísima en nuestra imaginación, apetitosa como todas las cosas que no hemos probado. Y ahora, con el doble de edad, me he dado cuenta de que esa manzana no es tan dulce, y que nunca será tan apetitosa como cuando colgaba en el árbol.
No sé si fue por efecto de la droga, o del alcohol, o de esa amargura que se iba acumulando en mi garganta dolorosamente, como un cangrejo, como un nudo repentino que me impedía tragar saliva, pero tuve unas ganas inmensas de levantarme y echar a correr hasta caer rendido, para huir de mí hasta toparme de bruces con mi fracaso. Y mientras en el equipo de música sonaba, muy bajito, Alí Farka Touré, y G. se afanaba en aliñar el tabaco, y entre bocanada y bocanada de humo, empañé un poco más mis recuerdos.
El año dos mil seis se abrió para mí volviendo a casa a las tantas, con los ojos enrojecidos por el cannabis, y llenos de agua por la melancolía, entrando en casa y acostándome junto a Bego sin ni siquiera cambiarme de ropa ni meterme en la cama. Cerré los ojos, y cuando volví a abrirlos, eran las cinco y media de la tarde.
Los mensajes en mi teléfono móvil se agolpaban. ¡Feliz año nuevo!, decían todos, con mayor o menor retórica. Resaca, una nueva crisis y el lunes, a trabajar. Una gran comienzo, vive Dios. Quizá mañana cuente cosas divertidas, pero particularme hoy necesitaba otra cosa. Lo siento, y espero que lo comprendan. Sé que lo harán.
Pero aún así, perdón por la tristeza.
La última noche del año pasado terminó como empezó la primera de este, terriblemente borracho y sentado en uno de los sillones de casa de D., bebiendo té caliente con G. y fumando un cigarrillo de marihuana que compartimos con la exquisita cortesía y el compañerismo de dos naúfragos desconocidos que acaban de encontrarse flotando en mitad de la tormenta.
Y es que no cabe sino la nostalgia, cuando tras las doce campanadas uno se pierde en la noche más longeva del año, la más golfa, para intentar por arte de birlibirloque encontrar, contra todo pronóstico, una chispa de esa luz que día a día, noche a noche, año a año, se nos escapa girando en un inmenso sumidero.
Cuando una campanada solitaria daba la bienvenida a la madrugada, el grupo de amigos entramos en el pub atestado de gente para el que todos nosotros, unos veinte, habíamos adquirido las entradas quince días antes. Allí nos encontramos con la música a todo volumen, mientras intentábamos parecer otra vez adolescentes, vestidos con nuestras mejores galas, tocados con unos gorritos cónicos y pertrechados de matasuegras y confetti. Quien más, quien menos, había bebido vino, champán, licores, espirituosos, cordiales, digestivos, que sumados a un primerizo cuba libre fermentaban en mi estómago con una ensalada fría de marisco con piña, un par de medallones de solomillo con foie en salsa de higos, mantecado de turrón, dulces navideños diversos y una docena de uvas adornando el resultante cual bíblica corona de espinas. Feliz el paladar, feliz el vientre, ligeramente ebria la mente, suelta ya por fin la lengua, pinturero como de boda, así me encontré de repente en aquel maremágnum, bailando con más estusiasmo que gracia, siendo más estridente que ingenioso, más cínico que sarcástico, más locuaz que inteligente, coreando el estribillo de las canciones de moda, bebiendo vodka con naranja y champán, brindando y aletargado quizá por el alcohol, quizá por la fiesta, quizá por la buena cena, quizá por la compañía.
Quizá por la tristeza.
Ya eran media docena las campanadas que saludaban a la noche que ya iba languideciendo, y poco a poco, los amigos se habían ido retirando, e incluso Bego, cansada, me había despedido con un beso en la mejilla y ese ceño fruncido que quiere decir "vuelve con tu escudo, espartano, o sobre él". Las corbatas habían desaparecido hacía un par de horas, y las camisas estaban ya desabrochadas, llegados a ese momento crucial de la noche en la que uno la lía definitivamente, o se va a casa. Quedábamos cinco, tres hombres y dos mujeres. Una de ellas era una amiga francesa, D., que había acudido acompañada por un amigo de Lille a quien no conocíamos y que nos había presentado como G., desconocedor del idioma castellano pero aún así educado, sonriente y yo diría que incluso divertido, a juzgar por cómo se reía D. de las ocurrencias de G., en francés.
No me alargaré en describir como, por cosas del azar, G. y yo terminamos solos, a eso de las siete de la mañana, de bar en bar y ya en franca retirada, borrachos como los proverbiales cosacos, chapurreando yo en francés e inglés, y él poniendo todo de su parte para entenderme y hacerse entender. Entramos en el último garito, ya cerca de casa de D., un pub bastante chulo al que Bego y yo solemos ir de vez en cuando con los amigos. Allí pusieron una canción que particularmente me encanta, y los dos nos pusimos a bailar como locos, con esa desinhibición estéril, pólvora en salvas, que proporciona el alcohol. Miré alrededor, y por un instante pensé que tenía otra vez veinte años, y que estaba soltero, y que todavía podía comerme la vida a dentelladas. Y entonces una chica se puso a bailar a mi lado, una chavalita de unos veintipocos, vestida con uno de esos trajes de inspiración japonesa, mirándome de vez en cuando con una sonrisa de lo más fascinante.
No sé por qué, pero aquello fue como una patada en la boca del estómago.
Me di cuenta de que estaba totalmente fuera de lugar, fuera de sitio, cogido en falta. Lo confieso, me entró el pánico. Nunca he sido un dandy, nunca he sabido cómo moverme, cómo hablar, como actuar en esas situaciones. Tengo miedo de que las chicas que me gustan busquen en realidad otra cosa que yo no sé darles. Me asusta que busquen en mí a un buen amante. Me aterra pensar que no sabré comportarme, que pareceré un estúpido, que seré un completo gilipollas. Me horroriza pensar que nunca estaré a la altura. Me desalienta el pensamiento de no tener nada que decir, de resultar aburrido, de equivocarme como tantas veces me he equivocado.
Tuve que salir del local, acompañado por G., moralmente destruido. Intenté explicarle a G. lo que sentía, pero prefería hacerlo bajo techo, y allí nos encontramos los dos, sentados en el salón de estar del piso de D., tomando té, fumando marihuana y refocilándome en mi autocompasión junto a un desconocido que, para colmo, ni siquiera hablaba mi idioma.
Pensé, y así se lo conté a G., en cómo he traicionado a aquel chico de quince, dieciséis, dieciocho años, que soñaba con convertirse en algo mejor de lo que yo soy, con cambiar el mundo, con correr muchas más aventuras de las que yo he corrido, con acostarse con muchas más mujeres, con ganar mucho más dinero, con ser mejor que yo, en definitiva. En aquella época adolescente, la vida nos parecía una manzana madura esperándonos en la rama del árbol, fuera todavía de nuestro alcance, pero ya incitante, dulcísima en nuestra imaginación, apetitosa como todas las cosas que no hemos probado. Y ahora, con el doble de edad, me he dado cuenta de que esa manzana no es tan dulce, y que nunca será tan apetitosa como cuando colgaba en el árbol.
No sé si fue por efecto de la droga, o del alcohol, o de esa amargura que se iba acumulando en mi garganta dolorosamente, como un cangrejo, como un nudo repentino que me impedía tragar saliva, pero tuve unas ganas inmensas de levantarme y echar a correr hasta caer rendido, para huir de mí hasta toparme de bruces con mi fracaso. Y mientras en el equipo de música sonaba, muy bajito, Alí Farka Touré, y G. se afanaba en aliñar el tabaco, y entre bocanada y bocanada de humo, empañé un poco más mis recuerdos.
El año dos mil seis se abrió para mí volviendo a casa a las tantas, con los ojos enrojecidos por el cannabis, y llenos de agua por la melancolía, entrando en casa y acostándome junto a Bego sin ni siquiera cambiarme de ropa ni meterme en la cama. Cerré los ojos, y cuando volví a abrirlos, eran las cinco y media de la tarde.
Los mensajes en mi teléfono móvil se agolpaban. ¡Feliz año nuevo!, decían todos, con mayor o menor retórica. Resaca, una nueva crisis y el lunes, a trabajar. Una gran comienzo, vive Dios. Quizá mañana cuente cosas divertidas, pero particularme hoy necesitaba otra cosa. Lo siento, y espero que lo comprendan. Sé que lo harán.
Pero aún así, perdón por la tristeza.