Sinfonía #9. Patetica
1, 15 de 2006-01-15 de 2006
Mi relación con las mujeres ha sido siempre una de esas relaciones que se dicen "de amor-odio". Yo las amaba, ellas me odiaban. Bueno, siendo sinceros, en realidad no me odiaban. Pero sólo porque, en serio, el odio no es lo contrario del amor. Lo contrario del amor, queridos amigos, es la indiferencia.
Mi relación con las mujeres ha sido siempre una de esas relaciones que se dicen "de amor-odio". Yo las amaba, ellas me odiaban. Bueno, siendo sinceros, en realidad no me odiaban. Pero sólo porque, en serio, el odio no es lo contrario del amor. Lo contrario del amor, queridos amigos, es la indiferencia.
Se suele decir que "del amor al odio hay un paso", lo cual implica, al menos entre líneas, que del odio al amor ha de haber también un paso. En cambio, del amor a la indiferencia o de la indiferencia al amor hay cien pasos. Mil pasos. Un millón de pasos. Todos los pasos del mundo. Hay tantos pasos, que si dieras un paso más, ya no te estarías alejando, te estarías acercando. Pues ese es el sentimiento que mayoritariamente he ido despertando en las mujeres desde que pasé de tirar de las coletas a las niñas a querer romper sus bragas, a eso de los catorce o quince años.
Nunca he sido guapo, ni siquiera de niño o de bebé. Cuando mi padre me vio en la sala de maternidad, le preguntó a mi madre a ver si había guardado el ticket. En palabras del Waje, soy "más feu que un trasgu", aunque si ustedes le conocieran, agradecerían no atraerle sexualmente. Además, digamos que mi presencia física no resulta ajustada a los cánones de Fidias. Vamos, que estoy gordo. Y a todo ello hay que unirle un carácter huraño y una timidez endémica que la gente que me conoce no se cree. Sí, soy extrovertido y hablo por los codos y a veces, si la luna está alineada con júpiter y marte en conjunción con urano, puedo llegar a ser ocurrente y divertido, pero en presencia de mujeres que me atraen me convierto en un auténtico mastuerzo con menos encanto que unos calzoncillos de felpa.
La primera vez que me enamoré de verdad, la primera primera primera de todas, fue de una compañera de instituto que, por sorprendente que parezca, también sentía algo parecido por mí, a pesar de lo cual jamás salimos juntos ni intercambiamos más fluídos que el nitrógeno y oxígeno del aula. ¿Por qué? Pues muy sencillo. Porque he sabido que yo le gustaba muy a posteriori, cuando ese sentimiento era, ¡ay!, un simple recuerdo, y además por terceras personas. Durante los años que compartimos clase (y ahora sé que mutua frustración) fuimos simplemente compañeros, ni siquiera amigos íntimos.
Cada vez que lo pienso me sale una cana y mi ya frágil psique se acerca un poco más al colapso definitivo.
Estoy convencido de que si hubiera salido con ella, si uno de los hubiéramos juntado valor (o alcohol) en cantidades necesarias como para dar el paso, nuestra vida hubiera sido muy diferente. No quiero decir que ahora no sea buena, Bego, tranquilízate, sino que hubiera sido muy diferente. Creo que mi relación con ella me hubiera dado un poco de seguridad en mí mismo, un poco de estabilidad psicológica y posible un desahogo sexual que me hacía mucha, mucha falta.
La segunda vez que me enamoré fue en la universidad, de una compañera de clase (recurrente, ¿eh?), que jamás me hizo el menor caso y no me dio cancha en absoluto. Esa fue mi época de poeta ripioso y patético llorón, que sufría en silencio cual tozuda hemorroide un sentimiento no correspondido que amargó uno, quizá dos, de mis años universitarios, provocando algunas consecuencias funestas, como el hecho de que no fuera casi nunca a clase para no verla, que me emborrachase como un vikingo cada fin de semana, y que mi bloqueo a la hora de buscar pareja se cronificase, convirtiéndome en un auténtico virtuoso del solo de guitarra, sólo alterado por esporádicas (muy esporádicas. Terriblemente esporádicas. Desconsoladoramente esporádicas) relaciones fugaces en las que, al margen de descubrir las maravillas del cuerpo humano, nada saqué en claro.
Mi tercera enamorada se ha convertido en uno de esos episodios que amenazan con no cicatrizar nunca.
Uno no se enamora de la novia de un amigo sin que eso destroce su amistad, la relación, su corazón, o las tres cosas. En mi caso, casi termina conmigo de forma cuasi-literal. Al margen de que provocaba unas cuantas situaciones incómodas (huelga decir que la chica no estaba por la labor de jugar al billar a tres bandas, y prefería a su novio antes que a mí, como me ha ocurrido tantas veces), me condujo a una depresión de caballo que terminó desembocando en unos episodios de los que prefieron no hablar. Agua pasada no mueve molino.
La cuarta vez que me enamoré creí que lo tenía.
Ella era una buena amiga, a la que había ayudado más de una vez y que habíamos compartido historias fermosas. Estábamos, como suele decirse normalmente, "muy unidos". Tras meses y meses de tantear el terreno, salacot y rifle en ristre, moviéndome con cautela y desplegando todo el tacto que la gente que me conoce desconoce, decidí lanzarme cuando tenía todo a favor, y la chica en cuestión había admitido, tácita, implícita, soterradamente, que tampoco hacía ascos a la idea.
Waterloo. Las Ardenas. Stalingrado. Trafalgar. Había enviado, una vez más, mis naves a luchar contra los elementos. La chica de mis sueños me rechazó con todo el equipo, y se terminó liando con un idiota que seguramente era menos idiota que yo, con un tipo con más carisma, con más encanto, con más músculos y posiblemente con más cerebro que yo. Si alguna vez he estado cerca de pegarme un tiro, juro que fue durante ese fin de semana, aunque nunca he sido demasiado dado a dramatismos, y tras un tiempo prudencial en el que me refugié, como casi siempre, en la autocompasión y mènage-a-une, saqué la cabeza del pozo.
Y conocí entonces a la quinta mujer que me calado hondo. Pero esa es otra historia, y debe ser contada en otra ocasión.
Mi relación con las mujeres ha sido siempre una de esas relaciones que se dicen "de amor-odio". Yo las amaba, ellas me odiaban. Bueno, siendo sinceros, en realidad no me odiaban. Pero sólo porque, en serio, el odio no es lo contrario del amor. Lo contrario del amor, queridos amigos, es la indiferencia.
Se suele decir que "del amor al odio hay un paso", lo cual implica, al menos entre líneas, que del odio al amor ha de haber también un paso. En cambio, del amor a la indiferencia o de la indiferencia al amor hay cien pasos. Mil pasos. Un millón de pasos. Todos los pasos del mundo. Hay tantos pasos, que si dieras un paso más, ya no te estarías alejando, te estarías acercando. Pues ese es el sentimiento que mayoritariamente he ido despertando en las mujeres desde que pasé de tirar de las coletas a las niñas a querer romper sus bragas, a eso de los catorce o quince años.
Nunca he sido guapo, ni siquiera de niño o de bebé. Cuando mi padre me vio en la sala de maternidad, le preguntó a mi madre a ver si había guardado el ticket. En palabras del Waje, soy "más feu que un trasgu", aunque si ustedes le conocieran, agradecerían no atraerle sexualmente. Además, digamos que mi presencia física no resulta ajustada a los cánones de Fidias. Vamos, que estoy gordo. Y a todo ello hay que unirle un carácter huraño y una timidez endémica que la gente que me conoce no se cree. Sí, soy extrovertido y hablo por los codos y a veces, si la luna está alineada con júpiter y marte en conjunción con urano, puedo llegar a ser ocurrente y divertido, pero en presencia de mujeres que me atraen me convierto en un auténtico mastuerzo con menos encanto que unos calzoncillos de felpa.
La primera vez que me enamoré de verdad, la primera primera primera de todas, fue de una compañera de instituto que, por sorprendente que parezca, también sentía algo parecido por mí, a pesar de lo cual jamás salimos juntos ni intercambiamos más fluídos que el nitrógeno y oxígeno del aula. ¿Por qué? Pues muy sencillo. Porque he sabido que yo le gustaba muy a posteriori, cuando ese sentimiento era, ¡ay!, un simple recuerdo, y además por terceras personas. Durante los años que compartimos clase (y ahora sé que mutua frustración) fuimos simplemente compañeros, ni siquiera amigos íntimos.
Cada vez que lo pienso me sale una cana y mi ya frágil psique se acerca un poco más al colapso definitivo.
Estoy convencido de que si hubiera salido con ella, si uno de los hubiéramos juntado valor (o alcohol) en cantidades necesarias como para dar el paso, nuestra vida hubiera sido muy diferente. No quiero decir que ahora no sea buena, Bego, tranquilízate, sino que hubiera sido muy diferente. Creo que mi relación con ella me hubiera dado un poco de seguridad en mí mismo, un poco de estabilidad psicológica y posible un desahogo sexual que me hacía mucha, mucha falta.
La segunda vez que me enamoré fue en la universidad, de una compañera de clase (recurrente, ¿eh?), que jamás me hizo el menor caso y no me dio cancha en absoluto. Esa fue mi época de poeta ripioso y patético llorón, que sufría en silencio cual tozuda hemorroide un sentimiento no correspondido que amargó uno, quizá dos, de mis años universitarios, provocando algunas consecuencias funestas, como el hecho de que no fuera casi nunca a clase para no verla, que me emborrachase como un vikingo cada fin de semana, y que mi bloqueo a la hora de buscar pareja se cronificase, convirtiéndome en un auténtico virtuoso del solo de guitarra, sólo alterado por esporádicas (muy esporádicas. Terriblemente esporádicas. Desconsoladoramente esporádicas) relaciones fugaces en las que, al margen de descubrir las maravillas del cuerpo humano, nada saqué en claro.
Mi tercera enamorada se ha convertido en uno de esos episodios que amenazan con no cicatrizar nunca.
Uno no se enamora de la novia de un amigo sin que eso destroce su amistad, la relación, su corazón, o las tres cosas. En mi caso, casi termina conmigo de forma cuasi-literal. Al margen de que provocaba unas cuantas situaciones incómodas (huelga decir que la chica no estaba por la labor de jugar al billar a tres bandas, y prefería a su novio antes que a mí, como me ha ocurrido tantas veces), me condujo a una depresión de caballo que terminó desembocando en unos episodios de los que prefieron no hablar. Agua pasada no mueve molino.
La cuarta vez que me enamoré creí que lo tenía.
Ella era una buena amiga, a la que había ayudado más de una vez y que habíamos compartido historias fermosas. Estábamos, como suele decirse normalmente, "muy unidos". Tras meses y meses de tantear el terreno, salacot y rifle en ristre, moviéndome con cautela y desplegando todo el tacto que la gente que me conoce desconoce, decidí lanzarme cuando tenía todo a favor, y la chica en cuestión había admitido, tácita, implícita, soterradamente, que tampoco hacía ascos a la idea.
Waterloo. Las Ardenas. Stalingrado. Trafalgar. Había enviado, una vez más, mis naves a luchar contra los elementos. La chica de mis sueños me rechazó con todo el equipo, y se terminó liando con un idiota que seguramente era menos idiota que yo, con un tipo con más carisma, con más encanto, con más músculos y posiblemente con más cerebro que yo. Si alguna vez he estado cerca de pegarme un tiro, juro que fue durante ese fin de semana, aunque nunca he sido demasiado dado a dramatismos, y tras un tiempo prudencial en el que me refugié, como casi siempre, en la autocompasión y mènage-a-une, saqué la cabeza del pozo.
Y conocí entonces a la quinta mujer que me calado hondo. Pero esa es otra historia, y debe ser contada en otra ocasión.