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El Bledo

1.- Planta de la familia de las quenopodiáceas, de tallos rastreros, de unos tres decímetros de largo, hojas triangulares de color verde oscuro y flores rojas, muy pequeñas y en racimos auxiliares. 2.- Cosa insignificante, de poco o ningún valor

Mi abuela y los teléfonos

12, 18 de 2006-04-18 de 2006
En el '92 mi madre puso un contestador en casa. La aparición de aquel armatoste doméstico en mi vida no sirvió, como suele pasar con la tecnología, para lo que tenía que servir. Aquel contestador no consiguió mantenerme más en contacto con el mundo, ni evitó que se perdieran avisos indispensables para la vida. La gente siguió hablándome por la calle y las cosas se fueron arreglando solas, como siempre. Sin embargo, el contestador me abrió las puertas a un nuevo mundo de carcajadas de esas que hacen que te duelan los dientes y se te den la vuelta los pulmones.

En el '92 mi madre puso un contestador en casa. La aparición de aquel armatoste doméstico en mi vida no sirvió, como suele pasar con la tecnología, para lo que tenía que servir. Aquel contestador no consiguió mantenerme más en contacto con el mundo, ni evitó que se perdieran avisos indispensables para la vida. La gente siguió hablándome por la calle y las cosas se fueron arreglando solas, como siempre. Sin embargo, el contestador me abrió las puertas a un nuevo mundo de carcajadas de esas que hacen que te duelan los dientes y se te den la vuelta los pulmones.

Doña pura. Mi abuela. Mi abuela y los contestadores. Mi abuela y los teléfonos.

Mi madre, que se llama Mari Luz, grabó ella misma el mensaje de bienvenida del contestador. Lo primero que quedó registrado en aquella mini-cinta fue la voz de mi abuela, al día siguiente:

"¿...stán los niños? [silencio] ¿Mari Luz? [silencio] Mari Luz, ¿por qué no me contestas cuando te hablo? ¡Mari Luz! ¡¡Mari Luz!! ¡Que acabo de oírte! ¡Sé que estás ahí! ¡Hija, a veces no hay quién te entienda! [silencio] No sé por qué no me hablas. ¿Te he hecho algo? ¿Estás enfadada conmigo por algo? [silencio] Hija, yo me hago cruces. Cada vez te pareces más a tu padre, que en paz descanse. ¡Mari Luz, dime algo! ¿Es por lo de Dora? Hija, se me escapó, perdóname. Es por eso, ¿verdad? No te enfades, que no es tan grave. Ya sabes cómo es. Peor habría sido si se hubiera enterado de otra forma. [silencio] ¡Mari luz! [silencio] Vale, como quieras. Ya te volveré a llamar por la noche, a ver si se te ha pasado el enfado."

La mini-cinta donde quedó recogido para la posteridad este suceso es, sin duda, lo único por lo que mis hermanos y yo nos pelearemos cuando toque repartir la herencia.

Desde aquella llamada en la que mi abuela conversó con el contestador, toda la familia nos reuníamos los lunes por la noche junto al aparato de marras. Era el día que solía llamar mi abuela porque pensaba que era más barato. Mi madre, que es una mujer de principios inamovibles, se empeñó en no reírse a costa de las dificultades de mi abuela (no hay que reírse de los ancianos) y la puso sobre aviso. Le explicó que teníamos un contestador automático, y le contó lo mejor que pudo el funcionamiento del aparato. Aún así, el lunes siguiente estábamos todos (incluida mi madre) junto al contestador. Si la cosa salía como esperábamos, a lo mejor podríamos vender entradas para asistir a sus llamadas. Lo que pasó (y quedó registrado) fue lo siguiente:

“Ho-la. So-y Pu-ra, tu ma-dre. Lla-ma-ba pa-ra sa-ber có-mo es-tán los ni-ños. Es-per-ro que es-tén bien. [silencio] Dí-ga-le a Ma-ri Luz que ha lla-ma-do su ma-dre. [silencio] Cam-bio”.

Una vez que mi abuela hubo entendido que le estaba hablando a una máquina, adaptó su manera de hablar a una que la máquina pudiera entender. De hecho, empezó a hablar de esa manera con la vocecilla que anuncia la próxima parada en el metro, con el presentador de las noticias de la tele, con el locutor de radio, etc. Hablaba así con las máquinas. Por suerte para doña Pura, no fuma ni conduce. Hablar sílaba a sílaba con los electrodomésticos de casa es una cosa, pero si la gente viera a una señora de ochenta años dándole las gracias a la máquina de tabaco o diciéndole “a-ho-ra pa-so por ca-ja, no-se pre-o-cu-pe” al surtidor de gasolina sin duda la internarían.

Tiempo después, durante una temporada en que doña pura se vino a vivir con nosotros porque le estaban arreglando el piso, la espié mientras hacía una llamada. Por la “conversación” que mantuvo con “la voz” del otro lado del hilo, deduje que había sobrecarga en las líneas. Fue algo así:

“Señorita, dígale al encargado que doña Purificación Calvo, viuda de Acero, está al aparato. Sí, eso ya me lo ha dicho, pero tengo que hacer una llamada urgente y estoy segura de que el encargado me hará el favor de... que sí, que eso ya me lo ha dicho. ¿Cree que estoy sorda? Mire, mi marido que en paz descanse era accionista de Telefónica y... ¡Oiga, que ya la he oído! No se crea que porque soy una anciana soy dura de oído. Y páseme con el encargado, si hace el favor. [silencio] ¡Y dale! ¡Yo si que me estoy sobrecargando, señorita! ¡Que ya me lo ha dicho cuatro veces! Si mi marido que en paz descanse viviera se iba a enterar usted de lo que vale un peine. Como ya le he dicho, era accionista y... ¡Acabáramos! Mire, ¡váyase usted al cuerno! Tanta sobrecarga, tanta sobrecarga... ¡con Franco esto no pasaba!”

Con esta frase lapidaria (literal y metafóricamente hablando), colgó. Dedicó la siguiente media hora a explicarme que antes, en España, se enseñaba urbanidad y que ahora, con este invento moderno de la democracia, se estaban perdiendo las buenas costumbres. Yo dediqué esa media hora a aguantarme las ganas de tirarme al suelo y dejar que los pulmones se me dieran la vuelta. Mi madre, como buena hija de franquista que era, sí me había enseñado urbanidad.

Años después, cuando se inventaron los teléfonos móviles, Doña Pura me llamó al móvil mientras lo tenía desconectado. Le saltó el contestador de Amena. Cuando oí mi buzón de voz, había algo como:

"...ñorita. Soy la abuela de Lucas. Si hace usted el favor, le dice que mañana voy a hacer freixuelos y que le invito a merendar. Véngase usted también, si quiere. ¿Vale? [silencio] ¿Vale, señorita? [silencio] Bueno, ya veo que está usted ocupada, así que no la entretengo más".

A la tarde siguiente fui a comerme esos freixuelos y a intentar convencer a mi abuela de que no me había echado una novia maleducada.

Hay otra anécdota que no me resisto a contar, aunque no está directamente relacionada con la relación entre mi abuela y los contestadores automáticos. Es de mi abuela contestando al teléfono. Un día llegué a mi lugar de trabajo, unos grandes almacenes de los que no revelaré el nombre (aunque sólo decir “grandes almacenes” ya te hace pensar en ellos, me temo). Cuando se abrieron las puertas del ascensor en mi planta me encontré de bruces con Alicia Marqués, una compañera. Estaba desencajada. Tenía los ojos hinchados, probablemente de llorar. Tenía la blusa reglamentaria arrugada y descolocada, como si le diera igual que los jefes le llamaran la atención. Nada más verme fue como si viera a un fantasma.

—¡Pérez, estás vivo!

—Sí, eso creo —respondí, un poco sorprendido. Más que por lo extraño de la pregunta de Alicia, estaba sorprendido porque durante un segundo me paré a considerar si aquella afirmación era cierta.

—Creíamos que estabas muerto.

—Bueno, estoy un poco harto de esta vida que llevo, pero aún no me había planteado una solución tan drástica. Había pensado hacer dieta, apuntarme a un gimnasio, darme una vuelta por IKEA... lo normal, vamos.

—No, quiero decir que nos habían dicho que habías fallecido.

—¿Ah, sí? ¿Quién?

—No lo sé. Gutiérrez te ha llamado mil veces para decirte que te cambiaban el turno, pero no te encontraba. Tienes el teléfono desconectado —confieso que esa afirmación es cierta el noventa por ciento del tiempo. Aún me pregunto por qué sigo llevando el móvil encima—. Como no te localizaba en el móvil, Gutiérrez ha llamado a todos los teléfonos de contacto que tenemos. Creo que incluso ha llamado a casa de tu madre.

Torcí el gesto. No recordaba haber dado ese número a la empresa.

—¿Y qué le ha dicho mi madre?

—No, creo que ha hablado con tu abuela.

—¿Con mi abuela? —Sentí cómo los pulmones se me preparaban para darse la vuelta—. ¿Qué le ha dicho mi abuela?

—Cuando ha preguntado por el señor Pérez -ya sabes que Gutiérrez es muy formal cuando habla por teléfono- tu abuela le ha dicho que habías fallecido de un infarto. Ya te imaginas el disgusto que nos hemos llevado.

—Pues no te imaginas el alivio que siento yo al saber que no estoy muerto. El que murió de un infarto fue mi padre. Pérez padre. El señor Pérez al que se refería mi abuela era mi padre.

En fin, mi abuela y los teléfonos.

Comentarios

  1. Talban dice:

    Cada día me convenzo más de que la tecnología es un gran invento y que los teléfonos los carga el diablo XDDDDDDDDDD

  2. Crimson dice:

    Cachondearse así de una pobre anciana indefensa no tiene perdón de dios. ¡Descastado!

  3. Podría ser peor. Imagina que le salta un "ya voy" de esos. Oh!

  4. Crimson dice:

    Vermillion, ¿me has quitado mis superpoderes? Si lo has hecho, morirás arrodillado y te pudrirás lentamente, mardito roedor.

  5. Vermilion dice:

    ¿Superpoderes? ¿Quitar? Sé que suena a frase hecha, pero "no tengo ni repajolera idea de a qué te refieres". ¿He tocado algo que no debía tocar? Si lo he hecho, no lo recuerdo. Últimamente tengo muchas lagunas. Si he hecho algo que deba deshacer, dime qué tengo que deshacer y cómo tengo que deshacerlo. Hazlo después de la señal.

    ¡¡¡Píiiiiiiii!!!

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