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El Bledo

1.- Planta de la familia de las quenopodiáceas, de tallos rastreros, de unos tres decímetros de largo, hojas triangulares de color verde oscuro y flores rojas, muy pequeñas y en racimos auxiliares. 2.- Cosa insignificante, de poco o ningún valor

No vuelvo a beber en la vida

11, 23 de 2006-06-23 de 2006
Cuando era niño, los domingos eran uno de mis días horribles de la semana. Casi peor que el lunes.

¿Que por qué? ¿Nunca habeis sido niños?

Empecemos.

El domingo era el día de la misa. Tocaba vestirse con ropa que picaba o que apretaba o que todo a la vez, calzarse zapatitos brillantes de esos que si te los viesen los amigos te convertían en carne de colleja, e ir a escichar a un señor muy viejo en vestido blanco hablar sobre cosas que a la gente le parecerán muy solemnes, muy importantes y muy trascendentes pero que con ocho años te importan un pimiento.

El domingo era también el día de la paella. Odio la paella. La abomino. La aborrezco. No puedo soportar el olor del arroz recocido, pastoso, lleno de pelos de gamba y cabezas de langostino, guisantes y trozos indefinibles de pescado que mi madre consideraba digna de inaugurar unas fallas. Lo siento, mamá, pero no te salen bien las paellas. Es hora que te lo diga alguien.

El domingo era, por si fuera poco, el día del baño. Sí, sí, no me mireis así. Si con ocho años te gustaba bañarte, eras un poco rarito. Ahora tengo unos saludables (y diarios) rituales de abluciones, pero reconozcámoslo, cuando eres niño, el estado natural es "limpio sólo las partes que se ven". Te entraba jabón a los ojos. Te tocaba secarte con una toalla rasposa. Una vez bañado, se acabó el salir a jugar, te colocaban el pijama, veías un ratito la tele, cenar y hale, a la camita.

El domingo implicaba, también, que al día siguiente te tocaba madrugar. Volver al cole. Era un día de fiesta, pero no mucho. Un "sí es, no es" de vacaciones que te dejaba el regustillo amargo en la boca de los caramelos para la tos de esos de eucalipto, que sabían dulces al principio pero que luego picaban como condenados.

Los domingos eran horribles, algo que descubrí desde mi más tierna infancia. Y cuando creía que estaba superando mi fobia a los domingos, a los quince años, entonces, sin solución de continuidad, llegó la puntilla.

La resaca.

Ya no tenía que ir a misa, es cierto. Mis padres me dejaron por imposible y decidieron que bueno, un alma descarriada bien puede salvarse si se arrepiente. Todavía quedaban las paellas. Ya no había baño semanal, sino ducha más o menos diaria. Y aunque tenías que volver al instituto el lunes, la posibilidad de pirarte algunas clasecillas convertían al domingo en un día de esos trasnochables, si se daba el caso.

Pero llegó la resaca.

¿Hay algo peor que abrir los ojos un domingo y sentir que tienes los párpados llenos de arena, la garganta enmoquetada, la cabeza convertida en un timbal y el estómago centrifugando la ropa blanca? ¿Hay algo peor que sentirse como si te hubieran dado una paliza, con naúseas y mareos y vértigos y jaquecas asesinas?

Claro que sí.

Tener que fingir que estás perfectamente y comerte una paella con la que se hubiera podido perfectamente volver a unir los fragmentos del Muro de Berlín.

Comentarios

  1. Ashep dice:

    Y después de la paella, un ratito de Estudio Estadio (campeonatos asiáticos de natación sincronizada), luego el inevitable capítulo de Pumuki (gracias a esta serie alguien sintió la necesidad de desarrollar los efectos digitales), luego un Si Lo Sé No Vengo (Jordi Hurtado es el ghoul de un malkavian), luego la última cena (después de la paella, cualquier cosa que te metías por la boca te parecía que te iba a dar el golpe de gracia), más tarde el resumen del partido del Aleti (lo de siempre, como siempre) y, para terminar, el sentimiento de culpa y el pensamiento recurrente de "ni una más, ni una más, ni una más..."

  2. SirLebert dice:

    jijijiji

    esos domingos que decias que ibas a misa y te escapabas al salon de recreativos, en mi casa no habia paella los domingos pero si sopa de pescado que mi ama amablemente hacia, se pasaba un monton de horas cocinando, a ver quien le dice que no se la come porque tiene un taladro neumatico golpeandote la cabeza, asique te la comes por cumplir :S y todos los domingos la misma historia de siempre

    me ha gustado!!!

  3. Letichan dice:

    La primera parte me ha traído recuerdos de Tom Sawyer, ¡qué buen libro!
    En mi casa siempre había espaguetis los domingos, saludable costumbre que se ha perdido. Era lo mejor de un día que también me parece terrible y tedioso.
    Reconozco que ahora ha mejorado algo... Los sábados noche no abuso y al día siguiente me gusta pasear por los parques invadidos por los churumbeles.

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